—Buenas noches —respondió un hombre de avanzada edad que parecía hablar en nombre del grupo.

—Soy el padre Michael y quería hablar con el responsable de este grupo.

—Soy Jacques, no es que sea el responsable, pero soy el mayor y actúo como portavoz ¿Ocurre algo? —dijo —hemos pedido permiso para acampar aquí.

—No se trata de eso. Verá, mi amigo Bernard y su esposa Marie van peregrinando a Compostela, llevan el mismo camino que ustedes y, para que no vayan solos, habíamos pensado que, si no les molesta, se integraran en su grupo.

—Estaremos encantados —manifestó Jacques —como ve, somos gente humilde y acampamos donde podemos o donde nos dejan.

—Ellos también van con humildad, aunque el estado de su esposa hará que en ocasiones deban buscar una posada para que descanse en condiciones.

—Nosotros salimos siempre al amanecer, por lo que si están cuando salgamos lo hacemos juntos y si ellos salen más tarde, como vamos despacio, nos pueden alcanzar por el camino.

—Pues mañana al amanecer estaremos aquí —dijo Bernard.

Se retiró con el padre Michael hasta la iglesia, había encargado a su criada que les asara uno de los mejores pollos del corral y cuando entraron en las estancias de la iglesia el aroma inundaba todo el recinto. Allí se encontraba también Marie ayudando a poner la mesa.

—Cuando lleguen a Saint Jean de Pie de Port vayan a la Iglesia de Notre Dame y entreguen esta carta al padre Jean. Aquí le indico que le ponga en contacto con las personas que puedan ayudarles una vez que crucen los Pirineos, él conoce a personas de Navarra que pueden ayudarles bien, dándoles salvoconductos o diciéndoles dónde tienen que dirigirse para conseguirlos.

Agradecieron al padre Michael toda la ayuda que les había proporcionado y se retiraron a la habitación para descansar antes de comenzar la nueva vida que tenían por delante.

Fin del capítulo XIII