—Las jornadas que hacemos son muy monótonas —continuó Jacques —por las mañanas siempre nos levantamos al alba y comenzamos a caminar cuando ha amanecido. Cuando llevamos cinco horas caminando, en algún lugar que consideremos propicio, nos paramos a comer y descansamos un rato. Luego proseguimos el camino hasta el anochecer, si encontramos un pueblo nos detenemos y hacemos la cena mientras las mujeres preparan un sitio para dormir. Encendemos un buen fuego y así pasamos la noche lo más cerca de la lumbre. A veces, Pascal y su mujer que disponen de más medios, si llegamos a un pueblo o hay alguna posada cerca, se van allí a dormir y por la mañana, antes de salir, se reúnen con nosotros, aunque no les esperamos, porque si se encuentran a gusto, como saben que vamos muy despacio, enseguida nos dan alcance.

—Marie y yo también haremos lo mismo que Pascal, por el estado en el que se encuentra mi mujer, es conveniente que duerma en una cama. Cuando estemos cerca de una posada pasaremos allí la noche, aunque el resto de la jornada la compartiremos con vosotros.

Bernard observó el primer día que el grupo tenía ya sus costumbres, los tres hombres solían caminar casi siempre juntos hablando de sus cosas y las mujeres iban siempre tras el carro, normalmente, caminaban juntas y la hija mayor de Francoise iba con ellas. Sus hermanas a veces caminaban solas y en otras ocasiones iban jugando con los tres hijos y la hija de Jacques.

Los jóvenes eran de edades similares, el hijo más pequeño de Jacques, Vincent, tenía catorce años y su hermana Véronique andaba cerca de los veinte; los demás estaban entre esas edades. Ellos no tenían una posición fija en el grupo ya que se movían por todos lados y eran los que se encargaban de investigar los lugares más idóneos donde podían detenerse a descansar, parecía que no se fatigaban nunca pues no paraban quietos, ni tan siquiera cuando los demás hacían una parada para descansar.

Parecían buena gente y Bernard y Marie pronto se integraron en este grupo. El primer día comentaron la suerte que habían tenido de poder viajar junto a estas buenas personas, de esa forma los diez días que tenían por delante antes de cruzar los Pirineos se les pasarían casi sin darse cuenta.

Sophie, la mujer de Pascal, era una persona muy conversadora, casi todo el tiempo que las mujeres caminaban juntas, era ella la que llevaba la voz cantante y a las demás les gustaba escuchar lo que decía, porque daba la sensación que conocía más mundo que el resto de sus compañeras.

Un día les contó el motivo por el que estaban haciendo aquella peregrinación. Les confesó que cuando nació su hijo mayor ella lo pasó muy mal, estuvo a punto de morir de unas fiebres que le duraron más de una semana. También su bebe se encontraba desahuciado, había contraído las mismas fiebres que ella y como no podía amamantarlo, la situación se había vuelto muy comprometida; incluso el médico dijo que no podía hacer nada por ellos. A los cinco días de nacer vino a su casa el cura del pueblo y les dio la extremaunción, mientras en la sala contigua Pascal se encontraba impotente sin saber qué hacer y en ese momento de desesperación, ante un crucifijo, prometió que si su mujer y su hijo se salvaban, él iría peregrinando hasta uno de los lugares santos para agradecer el milagro que esperaba que se produjera. Incomprensiblemente, a los siete días madre e hijo fueron mejorando hasta recuperarse completamente y Pascal nunca olvidó su promesa, pero la fue posponiendo ya que nunca encontraba el momento de cumplirla. El hijo fue creciendo y cuando llegó a la mayoría de edad ayudaba a su padre en su trabajo, entendía mucho de animales y se había convertido en un colaborador indispensable.