Bernard procuraba estar en todo momento pendiente de ella y la regañaba por caminar durante largo rato en lugar de ir montada sobre la mula.

—No te preocupes, caminar es muy bueno y no me siento cansada —decía ella.

—Pero no tienes que fatigarte, debes pensar en el niño y en ti; tienes que descansar.

—Cuando vea que me encuentre cansada, entonces, me subo a la mula,  ellas —dijo señalando a sus compañeras de viaje —también me dicen que mientras pueda es mejor caminar, así hago ejercicio y al niño le viene bien.

—Bueno, pero sin abusar —dijo Bernard —no tenemos ninguna prisa por llegar, si tenemos que pararnos y descansar, lo hacemos.

Los días fueron transcurriendo casi sin que Bernard se diera cuenta, en algunas ocasiones pensaba en los motivos por los que se encontraba allí, le parecían tan lejanos, que debía pararse a recordarlos pues en ocasiones le daba la impresión que se estaban alejando de forma involuntaria de su mente.

Cuando se encontraban a tres días de los Pirineos, ya comenzaron a ver a lo lejos las cimas de los altos montes que debían superar. Cada uno de ellos tenia pensamientos diferentes, mientras que para los peregrinos superar aquellas moles pétreas suponía dejar atrás el último gran obstáculo que tenían en su camino, para Bernard representaba la seguridad de encontrarse a salvo. Todos soñaban con algo de temor en el momento en el que se encontraran afrontando aquel importante desnivel.

Dos días antes de llegar a la última ciudad en tierras francas, cuando se encontraban a punto de terminar la jornada, coincidieron con un pastor que regresaba al pueblo con su rebaño. Bernard decidió adquirir unos litros de leche fresca y acompañó al pastor mientras el resto del grupo se quedaba organizando el lugar en el que pasarían la noche. Había un lugar junto al río que les pareció excelente porque la hierba crecida era un sitio cómodo y la abundancia de árboles les permitiría colocar las lonas que llevaban a la altura que desearan tensándolas con cuerdas a las ramas o al tronco de los árboles.

Cuando vieron aparecer a Bernard se alegraron al ver que traía provisiones para varios días. Además de los dos litros de leche recién ordeñada, también había adquirido un gran queso bastante bien curado y un cordero que había visto desollado en la cuadra donde el pastor guardaba las ovejas.

—Preparar un buen fuego que tenga buenas brasas, hoy vamos a tener una cena diferente —vociferó Bernard mientras se acercaba.

—¿Qué nos traes? —preguntó Jacques.

-Hoy vamos a cenar un cordero, el pastor lo había matado esta mañana porque la oveja no podía amamantar a las dos crías que había tenido y al verlo he pensado que sería una buena cena para despedirnos de nuestro país.

Los jóvenes fueron a coger más leña seca que había en abundancia en aquel lugar, hicieron un gran fuego y cuando las llamas fueron desapareciendo, dieron lugar a unas vivas brasas sobre las que pusieron un recipiente metálico en el que fueron colocando los trozos de carne que con un cuchillo Jacques fue troceando para que se asaran en condiciones.

El aroma de la carne asada pronto fue inundando el lugar con un olor muy agradable, cuando estuvo toda la carne asada, formaron un gran círculo alrededor de una mesa improvisada que habían hecho con unos tablones y fueron degustando este exquisito manjar que Bernard les había traído.

Una vez que se saciaron con toda la carne asada, partió la mitad del queso y fue haciendo cuñas que fueron la delicia de todos y por último, quienes lo deseaban, se sirvieron un gran cuenco de leche después que había hervido en un puchero que pusieron al fuego.