Isabel fue la encargada de llevar al niño ante la pila bautismal, a su lado iban Bernard y Ramiro, que se mostraban orgullosos del momento que estaban viviendo.

Después del bautizo se reunieron todos en el refectorio, donde el hermano cocinero, ayudado por tres monjes más, había preparado una comida especial. Comenzaron con unas fuentes de verduras cocidas que habían recolectado a primera hora de la mañana del huerto, luego habían asado un cerdo que se había roto una pata, por eso, antes que se muriera, decidieron sacrificarlo para este día especial y, finalmente, sacaron unas tartas que se habían cocinado lentamente en el horno. El hermano bodeguero, siguiendo las instrucciones del prior, fue muy generoso con las bebidas que se sirvieron durante la comida. Por primera vez les dio a probar unos nuevos licores que había inventado, había dejado el aguardiente destilado del hollejo de las uvas macerando con unas plantas y raíces que le rebajaban el grado de alcohol suavizándole y dándole un gusto dulce muy especial.

Todos alabaron a los que habían trabajado para que aquel convite resultara tan estupendo, pero los mayores elogios se los llevó el hermano bodeguero que, a pesar de las insistencias de algunos, se negó a revelar cómo había preparado aquel licor especial con el que les había obsequiado.

—Son cosas que he ido cogiendo por ahí —decía a los que insistían —sólo son plantas y raíces que he ido encontrando.

También el pequeño Ramirín estuvo presente en la celebración, el bullicio que había en el refectorio le impidió quedarse dormido, pero; tumbado en la cuna en unas ocasiones y otras en brazos de Isabel y de Ramiro, observaba en silencio, con sus grandes ojos negros abiertos por completo, todo lo que se había en la estancia como si comprendiera que él era el protagonista de la alegría que había en el recinto.

Cuando consideró que ya había estado el tiempo suficiente sin dormir, Ramiro pidió a otro monje que le ayudara y llevaron la cuna al cuarto, ante las protestas de algunos, para que el pequeño durmiera las horas que necesitaba.

Casi todos los monjes conocían la decisión de Bernard de marcharse al día siguiente, por lo que le felicitaron porque su hijo formaba ya parte de la comunidad cristiana y se fueron despidiendo de él ya que algunos no le verían cuando partiera.

Isabel deseó también a Bernard que encontrara lo que estaba buscando y pudiera regresar con bien de su viaje, se alegrarían cuando esto ocurriera.

—Por el niño no se preocupe, estará bien cuidado y yo vendré de vez en cuando para verlo.

—Sé que se queda en buenas manos, me voy más tranquilo sabiendo que usted está tan cerca y si hay cualquier contratiempo estará aquí en unos minutos para cuidarle.

—Ya sabe que he sacado muchos hijos adelante y eso me da cierta experiencia como para saber cuidar un catarro o curar un resfriado.

—Nunca la olvidaré por todo lo que ha hecho por mi familia y por todo lo que aún sé que hará —dijo Bernard abrazándola.

—Nosotros también le apreciamos todos, desde que llegó, comprendimos que era diferente de las demás personas que pasan por aquí, eso se nota enseguida y nos alegramos de su amistad, sabemos que un día regresará porque aquí deja parte de su vida, una parte que se quedará para siempre y otra que estará esperando su regreso.