Los monjes se fueron retirando a sus tareas diarias, la vida continuaba y ellos tenían que trabajar para seguir la regla de su orden y ganarse el sustento de cada día con el esfuerzo de sus manos.

Bernard se reunió con el prior para ultimar los detalles que aún tenían pendientes. El prior se había tomado la libertad de llevar una botella de licor que había quedado a medias y sirvió dos copas ofreciendo una de ellas a Bernard.

—He preparado estos documentos —dijo el prior mostrando cuatro pergaminos —el primero es un documento del prior de Roncesvalles que acredita que conoce y responde por el portador del documento como un buen cristiano que está peregrinando hacia Santiago realizando una labor de gran importancia para la Iglesia.

El segundo es para nuestro señor el rey Luís I, solicitándole que le extienda un documento para que pueda recorrer sin contratiempos su reino.

El tercero es para mi buen amigo Sancho, prior de Santa María de Eunate, es una encomienda de la Orden y le pido que él te facilite información y te proporcione los contactos que debes mantener hasta dejar el reino de Navarra.

El último es para el abad del Monasterio de Iratxe, él te socorrerá si lo necesitas y también te informará de los contactos que debes tener más allá de nuestro reino. Los dominios del monasterio son grandes y también es grande su influencia por lo que te será de gran utilidad si lo necesitas.

—Gracias –comentó Bernard —has sido tan amable conmigo que no sé cómo puedo agradecértelo, siempre te tendré en mis pensamientos y estarás presente en todas mis oraciones.

—También yo quería dejarte algunas cosas, la primera y más importante son estos pergaminos que deseo que le entregues personalmente a mi hijo si a mí me ocurriera algo. Tú conoces la historia de mi vida y sé que se la contarás si ves que no regreso, en ese momento quiero también que le entregues los pergaminos para que de mi puño y letra sepa lo que tengo que decirle.

Este otro documento, es muy importante, en él detallo el lugar en el que he ido ocultando lo que he podido rescatar de los bienes de la Orden en mi país. Es importante que se encuentre en buenas manos; si cae en poder de quienes pueden hacer mal uso de ello, llegará a causar mucho daño. Quiero que lo guardes y no reveles el contenido a nadie, yo lo recogeré a mi regreso y si esto no ocurriese, se lo entregas también a mi hijo, estoy seguro que él sabrá lo que tiene que hacer con los bienes de la Orden. No deseo que caigan en manos ajenas y dejo las claves para que quién esté en posesión de ellos sepa cómo tiene que descubrir los lugares en los que lo oculté.

También quiero dejar esto en el monasterio, es demasiado para mí —dijo mientras depositaba en la mesa cuatro bolsas llenas de monedas —y estas letras de cambio que puedes convertir en dinero cuando lo desees.

—Eso es mucho dinero —dijo el abad —no voy a disponer de tanto para cambiarte por la moneda del reino. En cuanto a las letras de cambio es mejor que las conserves, siempre las puedes necesitar y yo no puedo convertirlas en dinero ya que si lo hago es probable que delate tu presencia.

—Eso no importa —dijo Bernard —ahora me siento seguro, en cuanto al dinero no necesito tanto, le das el destino que consideres necesario.

—Si te parece, veremos lo que te puedo cambiar y el resto lo dejaremos guardado para entregárselo a tu hijo en el caso que no regreses.