Fueron sacando las monedas de las bolsas, en cada una había unos mil “gros torners” o escudos de oro también conocidos como luises que equivalían cada uno a once dineros.

En los cambios de moneda era donde los usureros, generalmente judíos, tenían mayores ganancias pues en cada reino había un sin fin de monedas sin ninguna equivalencia fija, por lo que el cambio se realizaba a criterio del cambista. Estos solían aplicar varias formas de hacerlo, por un lado establecían el cambio que realizaban de un número de piezas de un metal superior; en otros aplicaban la talla, que era el cambio de un número de monedas por cada unidad de peso. Se aplicara un sistema u otro, el cambista siempre salía ganando y el que buscaba el cambio generalmente se sentía engañado.

Había infinidad de monedas dependiendo de los reinos de la península: En el reino de Aragón lo más común era el florín de oro que tenía un peso de 3,52 grs. En cambio, en el reino de Navarra eran comunes los óbolos y las doblas de vellón. En Castilla se utilizaban las doblas, los maravedís, los reales de plata y los ducados que eran monedas de oro de 3,50 grs y equivalían a 11 reales y 175 maravedíes. Finalmente, en el reino de León eran corrientes los dineros de vellón y las doblas de oro. En aquellos enclaves en los que había una población musulmana se utilizaban los dinares y los dirhem de plata. Además, cada condado emitía vellones particulares, sobre todo aquellos que disponían de una ceca de emisión de moneda.

Por ello era difícil cuantificar el cambio que debía entregarle para que éste fuera justo, pero Bernard tampoco deseaba eso, ya que con una cuarta parte de lo que llevaba le permitía vivir durante el resto de su vida sin pasar ninguna necesidad.

El prior hizo llamar al hermano que estaba a cargo de los bienes del monasterio. Éste, al entrar por la puerta y ver tanto dinero sobre la mesa, se inquietó porque no sabía lo que estaba ocurriendo allí.

—Hermano Luís, nuestro huésped desea que le cambiemos las monedas que trae de su país y creo que necesitamos su ayuda.

—Pero no disponemos de tanto dinero para cambiárselo, son luises de oro y no disponemos de tal fortuna en el monasterio.

—Lo sé —dijo el prior —tráigame todas las monedas de oro que tenga de nuestro Reino, de Castilla y de León y una bolsa de monedas de plata, con eso será suficiente.

—Le hemos dado un buen susto —bromeó el prior cuando el monje salió de la estancia.

—Es que tanto dinero junto llega a asustar —dijo Bernard –yo no viajaba tranquilo con esa fortuna encima.

Al cabo de media hora regresó el hermano Luís, traía en sus manos cuatro bolsas de terciopelo que depositó sobre la mesa.

—Estas tres contienen monedas de oro y ésta se encuentra llena de monedas de plata —comentó el hermano Luís.

—Tráiganos una balanza —le pidió el prior —y déjenos luego solos.

Pusieron en uno de los platos de la balanza las tres bolsas que había traído el hermano Luís y en la otra colocaron una de las Bolsas que había dejado Bernard. La balanza se decantó sobre el plato que sólo contenía una bolsa.

—Lo ves —dijo el prior- con todas las existencias del monasterio no hay ni una cuarta parte de lo que has traído.

—Está bien así —dijo Bernard poniendo la bolsa que contenía las monedas de plata que casi consiguió equilibrar el peso, aunque seguía pesando más la bolsa que él había dejado.