—Pero llévate alguna más, te puede hacer falta —dijo el prior

Bernard abrió una de las tres bolsas y cogió un puñado de Luises de Oro completando la bolsa que se encontraba más vacía.

—Quédate con los Luises de Oro, los dejo para el monasterio, aquí siempre es conveniente hacer cosas y el dinero es necesario para poder acometerlas. Sé que con esto tengo suficiente y aún debo pasar por alguna encomienda de la Orden donde, si lo necesito, podré coger más dinero para seguir desarrollando mi labor.

—Haremos lo siguiente, lo que queda de esta bolsa —dijo señalando la bolsa de la que había cogido un puñado de monedas – la destinaremos para las necesidades del monasterio y las otras dos las guardaré en deposito, bien para cuando regreses o para dárselas a tu hijo y que él disponga de ellas.

—Me parece correcto, no se hable más —dijo Bernard mientras levantaba su copa para brindar por el acuerdo al que habían llegado.

El resto de la tarde Bernard lo pasó contemplando a su hijo, lo había cogido en brazos y le hablaba, aunque Ramirín no comprendía nada de lo que le decía. Él le contaba quien había sido su madre y trataba de explicarle lo felices que hubieran sido juntos si el destino no se hubiera cruzado en sus vidas truncándolas de aquella manera. También trataba de contarle lo que se disponía a hacer cuando saliera de allí, era una misión que no podía eludir ya que muchas personas dependían del resultado de las gestiones que realizara. Mientras le hablaba le abrazaba, de vez en cuando le apretaba contra su pecho y le bañaba con las lágrimas que se escapaban de sus ojos, se sentía muy triste por tener que dejarle allí y perderse como iba creciendo. La vida había sido injusta con ellos, pero cuando todo se arreglara, regresaría y trataría de compensarle por la ausencia a la que le había sometido.

Estuvo recluido en el cuarto con el niño durante casi dos horas, hasta que el prior entró por la puerta para decirle que era la hora de la cena y, ya que iba a ser el último día, quería contar con su presencia. El hermano Ramiro se hizo de nuevo cargo del niño y bajó con el prior hasta el refectorio donde ya estaban esperando el resto de los monjes para cenar antes de hacer las oraciones de la noche.

Cuando finalizaron la cena, el prior se levantó para que todos pudieran verle y alzando la voz se dirigió a todos los que formaban la congregación.

—Hace más de dos semanas, un día de esos con los que la naturaleza nos suele recordar su fuerza y su poder, en unas condiciones que hacen casi imposible la supervivencia de cualquier ser vivo, como si se tratara de un milagro, llegó a nosotros Bernard con su mujer y su hijo, se encontraban exhaustos y hubieran perecido si tardan una o dos horas más en llegar.

Desde entonces ha pasado una eternidad y han ocurrido muchas cosas que a todos nos han afectado en mayor o menor medida.

Estamos ante un hombre bueno, un hombre de Dios que tiene una misión que cumplir y yo le he animado y conminado a que la termine.

Él se va a marchar y nos dejará mañana, pero aquí quedan muchas cosas; deja para siempre con nosotros a Marie, su esposa que no pudo superar las adversidades que tuvieron que afrontar en la montaña; va a dejar su hijo a nuestro cargo, aunque será el hermano Ramiro el que esté a su cuidado, todos seremos responsables de su bienestar y sobre todo de su educación, de la cual tiene que sentirse orgulloso su padre cuando venga a recogerlo; y sobre todo deja a muchos amigos que formamos esta comunidad. Solo quiero desearle suerte en la misión que tiene que realizar y estaremos deseosos de su vuelta.