Ahora Bernard parecía que se encontraba contento, al menos Rodrigo y el resto de los monjes vieron que se había producido un cambio importante en él ya que cuando no estaba trabajando en el taller le observaban deambulando por el claustro y en ocasiones les dio la impresión que le veían hablando solo.

En su cabeza solo las letras y los números se iban alineando haciendo combinaciones perfectas, ya disponía del método y solo era preciso ponerse a trabajar en lo que debía hacer, de esa forma se sentiría más relajado pues daría por finalizada la misión que se le había encomendado.

Fue haciendo pruebas para ver cómo quedaría encriptado el secreto que solo él conocía, tenía más de treinta encomiendas que debía transcribir y fue haciendo el acopio necesario de los pergaminos que podía necesitar para pasar todos los datos que guardaba.

Decidió hacer una prueba con la primera encomienda que había visitado en su país, era la de Orleans, y después de examinar los apuntes que guardaba, puso sobre el pergamino:

O R L E A N S

C A T E D R A L

C A P I L L A

P I L A   B A U T I S M A L

M A R C A   A   3 , 1 4   M E T R O S

Una vez puestos los datos precisos de la primera de las encomiendas en las que ocultó los bienes de la Orden, fue poniendo en el mismo orden el código que había ideado y que solo era conocido por él.

23 26 19 12 8 21 27

10 8 1 12 11 26 8 19

10 8 24 16 19 19 8

24 16 19 8   9 8 21 16 27 20 8 19

20 8 26 10 8   24 26   8   M, T P   20 12 1 26 22 27

Ahora que lo veía sobre el pergamino, le parecía muy sencillo de hacer y a la vez muy difícil de describir, aunque los pergaminos cayeran en manos extrañas, jamás descifrarían lo que en ellos se ponía. Se sintió satisfecho y eufórico, tenía uno de los mayores secretos que había en el mundo y solo era conocido por él.

Durante unos días dejó su trabajo en el taller y fue pasando más horas en el scriptorium. Lucas le observaba y como sabía lo que estaba haciendo, en muy contadas ocasiones le interrumpió, esperaba siempre que Bernard reclamara su presencia, bien para proporcionarle algún material que le faltaba o para asentir dando el visto bueno a lo que Bernard le mostraba.

Los pergaminos fueron llenándose de números y letras, cuando terminaba de escribirlos los dejaba en un lugar que Lucas había dispuesto para que se secaran bien y una vez que los pigmentos y la tinta estaban suficientemente secos, los fue acumulando en uno de los estantes en los que solo el anciano podía acceder ya que estaba limitado para el resto de los monjes.

Cada vez que finalizaba con los datos de una encomienda los revisaba una y otra vez comprobando que los había transcrito correctamente, solo entonces comenzaba a detallar los de la siguiente.