En uno de los bordes de su capa fue tallando los dos caballeros compartiendo caballo que se representaban en el sello de la Orden y en el otro extremo fue contorneando la cruz que luego cubriría con pigmento rojo.

Según observaba la obra que casi estaba terminada, sin saber cómo, ya que en ese momento solo estaba pensando en la perfección de lo que acababa de terminar, como si fuera una ráfaga de luz, vino a su mente lo que estaba buscando, lo tenía delante y no se le había ocurrido hasta que lo vio en la talla.

TEMPLARIOS. Lo repitió una y otra vez, era la palabra que tanto estaba buscando, la que le permitiría desarrollar el criptograma con todos los números, eran diez letras y ninguna se repetía, cada una de ellas representaría un número y podía hacer cientos, miles de combinaciones y quienes no conocieran la palabra de la que provenía, no podrían nunca descifrar lo que pusiera en los pergaminos.

También la palabra clave para comenzar el código de números sería la primera de este código que acababa de inventarse. Comenzaría con la letra “T”, esa sería el número uno de su código y en sentido ascendente, le iría dando un número a cada letra. Ya tenía su criptograma, ahora podía comenzar a describir todo lo que guardaba para dejarlo en los pergaminos que mostrarían a la persona en la que hubiera delegado el maestre para poder descifrarlo y dar con el escondite en el que se encontraban todas las pertenencias que tenía la Orden.

Bernard se sentía eufórico y sobre todo orgulloso, cuanto le había dicho Lucas se había producido y fue con él con quien quiso compartir este hallazgo que días antes le parecía imposible de describir.

-Lo he conseguido – dijo Bernard nada más entrar en el scriptorium.

-Ves – dijo Lucas – estaba seguro que lo ibas a conseguir y no has necesitado una semana para hacerlo, como te dije, la solución se encontraba en tu cabeza, solo tenías que saber dónde debías buscar.

-Pero ha venido sin proponérmelo – dijo Bernard – cuando menos lo esperaba ha aparecido en mi mente.

-Eso es porque ya estaba dentro de ella y solo has tenido que dejarla libre para que apareciera con claridad.

Bernard abandonó la estancia pensando de nuevo que se encontraba ante una persona muy sabia, uno de esos hombres que durante toda su vida solo se han encargado de acumular experiencia y cuando dejen este mundo se perderá una fuente de información y de conocimiento muy importante.

Fin del capítulo XXXIX