Había previsto pasar en la ciudad una semana, pero a los dos días ya añoraba a su pequeño y la multitud que en cada momento se encontraba por las calles le hizo comprender que ya se había acostumbrado a la tranquilidad que se respiraba en el monasterio; por eso, al tercer día decidió emprender de nuevo el viaje de regreso. Se dio cuenta que ya nada le ataba a aquel país que casi comenzaba a ser extraño para él. Todo su mundo, su futuro y sus sueños se encontraban al otro lado de los Pirineos.

Cuando amaneció, se encontraba en el comedor de la pensión desayunando lo que le había preparado la posadera y cuando terminó, ensilló a su yegua y comenzó su viaje de vuelta. En ese momento pensó que seguramente sería esta la última vez que estuviese en su país y ahora ya no le importó.

Cuando comenzó a ascender el puerto se encontró con un grupo de cinco peregrinos que venían desde el norte de París y se unió a ellos para recorrer juntos la distancia que les separaba del monasterio.

Eran cuatro hombres y una mujer que procedían de la misma provincia y se habían ido agrupando a lo largo del camino. Todos iban hasta la ciudad del apóstol, aunque la mujer y su compañero lo hacían con la intención de quedarse en alguna tierra que les ofreciera mejores oportunidades que las que habían tenido en su tierra.

Bernard también se identificó como peregrino y como monje, no se había querido desprender de los hábitos que cuando llegó le proporcionaron en el monasterio, aunque parecía un monje notable, sobre todo por su forma de expresarse y por la montura que llevaba.

Les fue conduciendo por los caminos que ya eran familiares para él y que les conducían directamente al monasterio. Cuando llegaron les acompañó hasta donde se encontraba el hermano hospitalero, al que Bernard pidió que les atendiera como hermanos y amigos.

Al verle regresar tan pronto, Rodrigo fue a su encuentro para interesarse por el estado de ánimo que traía.

—¿Cómo han ido esos días? —preguntó.

—Bien, me han permitido recordar mi pasado y quitar algunos fantasmas que por las noches venían a mi mente, pero, sobre todo, me ha hecho ver mi destino, que ya sé que no se encuentra en mi país, está aquí, en este lugar donde tengo todo lo necesario para ser feliz.

—Pues se de nuevo bienvenido y debes saber que nosotros también nos encontramos felices de poder contar contigo todo el tiempo que estimes conveniente.

—Creo —dijo Bernard —que me haría completamente feliz ser uno más de vosotros.

—Ya lo eres —dijo Rodrigo —desde la primera vez que te vi, supe que serías uno de los nuestros.

—Pero quiero integrarme aún más en la comunidad que diriges, quiero convertirme en un monje como el resto de los que se encuentran en este lugar, tener las obligaciones que los hermanos tienen y contribuir con mi trabajo al desarrollo y el mantenimiento del monasterio.

—Ya lo estás haciendo —dijo Rodrigo —pero te comprendo. Cuando hagamos los preparativos para la próxima confirmación de nuevos hermanos, te incluiremos para que tú también hagas los votos para ser uno más de nosotros.

—Únicamente me gustaría que aquello que no es mío siga perteneciendo a la Orden, cuando haga la renuncia a mis posesiones, lo haré sobre todo lo que me pertenece, pero lo que custodio de la Orden quiero que siga perteneciendo a ella.

—Así se hará —dijo el prior —también conociendo tus responsabilidades, si llega el momento en que te requieran para otros fines, te dispenso desde este momento de las promesas que puedas hacer, ya que estoy seguro que lo que el destino te tenga asignado, nunca irá en contra de los intereses de la Iglesia y lo que ésta representa.

Fin del capítulo XL