Bernard continuó con su trabajo en el taller, ahora solo debía centrarse en las tareas que hacía con Ramiro. Avanzaban a un buen ritmo e iba decorando las nuevas estancias cada vez más abundantes en el monasterio.

Había estado dando muchas vueltas al lugar en el que podría ocultar los pergaminos para que se encontraran seguros y después de analizar media docena de opciones que vio como escondites seguros, se decidió por la talla del monje soldado en la que estaba trabajando. Simbólicamente quizá sería el lugar más propicio para que el secreto de la Orden estuviera a buen recaudo.

Analizó la talla para ver el lugar en el que podría hacer una incisión y descartó hacerla a través de la cabeza como inicialmente había pensado.

Con unas gubias especiales fue horadando el interior de la talla, calculó los centímetros que le harían falta para que los pergaminos entraran perfectamente en el interior, fue extrayendo las virutas que el filo de las herramientas iba desprendiendo de la talla, hasta que vio que los pergaminos tenían un acomodo perfecto en el hueco que había realizado.

Con cuidado fue enrollando los pergaminos, tratando que no sufrieran ningún daño y cuando se cercioró que cabían perfectamente, fue elaborando una base de granito sobre la que fijaría con algún adhesivo la talla. Antes hizo con madera un tapón para que la talla quedara como si no se hubiera manipulado su interior y tapó con resina y pegamento las pequeñas grietas que pudieran quedar.

Cuando dejó fijada la talla en la base de piedra, fue dándole los últimos detalles de pintura hasta que le pareció que estaba terminada; fue entonces cuando se la mostró a Ramiro para que diera su aprobación.

—Ha quedado muy bien, no habéis perdido nada de la maestría que un día me enseñasteis.

—¿Os gusta de verdad? —preguntó Bernard.

—Me parece magnífica, es una obra insuperable.

—Entonces, ya podemos mostrársela al prior —dijo Bernard – para que sea el primero que la vea antes de enseñársela al resto de los hermanos.

Fueron en busca de Rodrigo y le acompañaron hasta el taller donde el pequeño, cuando su padre le hizo una señal, retiró el lienzo que cubría la nueva obra que adornaría una de las estancias del monasterio.

—Magnífica —dijo el prior.

—¿Es de vuestro agradado? —preguntó Bernard.

—Es diferente a lo que hasta ahora habíais hecho, todas las obras que nos dejasteis en vuestra anterior estancia están en la capilla, incluida la imagen que le regalasteis a Isabel, que nos la cedió para que estuviera allí; pero esta es distinta y creo que en el museo que se está construyendo va a contar con un lugar especial.

—Cuando lo deseéis la llevamos allí y se la mostramos al resto de los hermanos.

—Si te parece, el domingo después de la misa, creo que será el mejor momento para que todos los hermanos que no tienen labores que hacer puedan venir a contemplar tu obra.