La ventisca se hacía cada vez más intensa según iban ascendiendo. Nada más abandonar a Pascal debieron superar un pronunciado ascenso en el que las mulas iban introduciendo sus patas en la nieve, impidiendo que caminaran con normalidad; en ocasiones, la nieve les llegaba casi hasta el pecho y Bernard, como pudo, fue tirando de ellas para ayudarlas a avanzar.

Cada vez era más consciente de las dificultades que tenían por delante y en varias ocasiones estuvo tentado de volver sobre sus pasos, pero en la oscuridad que comenzaba a ser cada vez más intensa divisaba lo alto de las lomas y pensaba que con suerte podrían conseguirlo.

Un gran roble en un rellano les animó a descansar y recuperar fuerzas, las gruesas ramas que salían del tronco y el abundante follaje habían impedido que en la base se acumulara tanta nieve como había en el camino, por lo que se detuvieron resguardándose de las inclemencias del tiempo.

Tras ayudar a Marie a descender de la mula, buscó en una de sus alforjas un pedazo de queso que les ayudaría a recuperar parte de las fuerzas que habían perdido.

—Creo que no ha sido una buena idea ponernos en camino con este tiempo —dijo a Marie.

—No teníamos más remedio que hacerlo, si nos hubiéramos quedado, a estas horas, seguramente nos habrían detenido y de esta forma, al menos, tenemos una oportunidad.

—Pero fíjate cómo se encuentra el camino, apenas se ve por la nieve, la noche se está echando encima y no da la impresión que el tiempo vaya a cambiar.

—Siempre has sabido afrontar las adversidades y en esta ocasión debes hacer lo que siempre has hecho, mirar hacia delante y superar los contratiempos.

—Pero en esta ocasión es diferente, tú no estás en condiciones de afrontar este riesgo innecesario.

—No te preocupes por mí, también yo sé como superar las situaciones difíciles, verás como salimos adelante.

Cuando hubieron descansado decidieron continuar, ya comenzaba a oscurecer y apenas se veía el camino, solo percibían por donde estaba, pero la pendiente se fue haciendo cada vez más pronunciada y aunque apenas veían lo que había a los lados del camino, sentían que había fuertes laderas a ambos lados del lugar por el que trataban de avanzar.

Las horas parecía que no avanzaban y aunque había dejado de llover y de nevar, la situación era cada vez más incierta, solo se dejaban guiar por el instinto de los animales, que parecían olfatear el sendero por el que tenían que seguir.

Cuando llevaban unas diez leguas, vieron unas piedras amontonadas que les indicaban una senda por la que debían seguir. A lo lejos se divisaba la silueta de un collado que los dos temieron que era el lugar por el que debían superar aquellos inhóspitos parajes.