—No lo sabía, pero lo intuía —dijo mirando la manta en la que se encontraba envuelto el pequeño —quieres acercármelo, deseo sentirlo junto a mí.

Bernard cogió con mucho cuidado la manta y descubriendo su cabeza lo colocó encima de Marie que besó su frente.

—Es precioso —dijo al sentir su contacto.

—Creo que he hecho todo bien, nada más limpiarlo ha comenzado a llorar y pensé que le ocurría algo.

—Es normal que los niños lloren al sentirse fuera del útero materno, además es necesario para que limpien sus pulmones y comiencen a respirar. Mira como mueve los labios, ahora lo que quiere es alimentarse —dijo Marie mientras acercaba su boca hasta el pezón en el que el pequeño se aferró con fuerza succionando el alimento que había en su interior.

—¿Y tú como te encuentras?, me tenías preocupado al desmayarte, no sabía que hacer.

—Me encuentro muy cansada, pero es normal por el esfuerzo. Ahora sí me viene bien algo de comer, porque además de alimentarme yo tengo que coger fuerzas para alimentar al niño.

Bernard buscó algo de embutido y queso y limpió a conciencia el cuchillo que había utilizado para separar a su hijo de Marie y fue troceando los alimentos poniéndolos al alcance de la mano de ella para que fuera alimentándose mientras amamantaba al niño.

Fuera, el agudo olfato de los lobos, les había llevado el aroma de la sangre y se acercaron hasta la cabaña tratando de amedrentar con sus aullidos a los que se encontraban en el interior. Uno de ellos consiguió mover una madera y metió a través de ella la cabeza enseñando los colmillos mientras abría la boca babeando. Instintivamente y con el afán de protección de su familia, Bernard cogió del fuego un palo que estaba al rojo vivo y con fuerza y con saña lo impulso hasta la cabeza del lobo que al sentir el golpe y la quemazón de las brasas emitió un aullido que asustó a Marie y al niño y salió del lugar en el que se encontraba asustado y dolorido. El resto de la manada percibió el peligro y sin saber lo que había ocurrido huyeron detrás del jefe de la manada que parecía maltrecho por el lamento de sus aullidos mientras huía de aquel lugar.

Pronto amaneció, por fin la claridad del día, les anunciaba que seguían vivos y todavía podrían conseguir ver cumplido su propósito ya que lo más peligroso había pasado.

—Creo que hoy deberíamos estar aquí descansando, nos quedan unas horas para llegar al fondo del valle, pero es mejor que te recuperes antes de reiniciar el camino.

—Como tú quieras —dijo Marie —pero me encuentro bien y es mejor que dejemos este lugar cuanto antes así el niño podrá estar atendido.

—Bueno, pero ahora debes descansar, no pasa nada porque nos quedemos unas horas más, así nos aseguraremos que los lobos ya no rondan por aquí, con el recibimiento que han tenido, supongo que se pensaran volver por este sitio donde han salido mal parados.

El niño, después de mamar, se quedó dormido y también lo hizo Marie sintiendo la calidez del cuerpo de su bebe sobre el suyo. Estaba tan agotada que apenas podía mantenerse despierta, por eso Bernard no quiso despertarla y dejó que durmiera buena parte del día, no pasaba nada por reiniciar la marcha al día siguiente, de esa forma los dos podrían recuperar las fuerzas que habían perdido durante la terrible noche que habían padecido.

Bernard fue a sacar las mulas del recinto en el que se encontraban y las condujo hasta un prado menos cubierto por la nieve en el que pudieron alimentarse con hierba fresca, también ellas se merecían alimentarse ya que se habían portado muy bien salvándoles de los peligros que les acechaban.