En ese momento fue cuando echó en falta al asno y se compadeció de la suerte que había tenido, pero su sacrificio no había sido en vano ya que permitió que ellos salvaran sus vidas.

Ese día había amanecido claro y despejado, Bernard desde lo alto del monte en el que se encontraban pudo contemplar la majestuosidad que la naturaleza había conseguido crear en ese lugar. A su izquierda los montes parecían no tener fin y mirando hacia occidente apreciaba los valles a los que debían ir. Fue en ese momento cuando se sintió liberado, sabía que el peligro había pasado y frente a él se encontraba el destino que la nueva vida les iba a deparar a él y a su familia.

Dentro de la cabaña observó a los dos seres que más importancia tenían para él, eran tan hermosos que ya no concebía el mundo sin ellos, eran el centro de su nuevo universo.

Marie se pasó casi todo el día durmiendo, solo se despertó cuando oyó el llanto del pequeño que demandaba de nuevo su alimento. Marie lo colocó sobre su pecho y el pequeño sin abrir los ojos, buscó la fuente de la que manaba el alimento que tanto ansiaba y necesitaba. Una vez que se hubo alimentado, un pequeño eructo confirmó que ya se encontraba lleno y no deseaba de momento nada más, parecía que él también se encontraba fatigado y lo único que necesitaba era dormir.

—¿Qué hora es? —preguntó Marie.

—Serán las cuatro o las cinco de la tarde, os habéis pasado todo el día durmiendo, pero lo necesitabais, por eso no he querido despertaros.

—Pero debemos seguir —dijo ella.

—Creo que es mejor que descanséis, además el tiempo está mejorando y creo que mañana va a salir un día aún mejor que hoy y lo que nos queda de camino va a resultar más cómodo y fácil.

—Siempre sabes que es lo mejor, me ha venido muy bien el descanso.

—¿Cómo te encuentras, te duele algo?

—Creo que sigo sangrando, no sé si será normal, pero me he puesto unas compresas para detener la hemorragia pero cuando las retiro, vuelvo a sangrar.

—Pues no te muevas, quédate descansando y si mañana no estás mejor, esperamos un día más. Ahora ya no tenemos prisa y contamos con alimentos para varios días.

Esa noche, Bernard la paso en vela pendiente de su mujer y su hijo. Hizo durante la tarde acopio de leña para que el fuego estuviera vivo durante toda la noche. De vez en cuando, mientras Marie se dormía cogía en brazos al niño y observaba su cara rosada y los ojos que le miraban con fijeza. Le parecía un milagro que hubiera podido sobrevivir en aquellas condiciones y en ese lugar tan inhóspito. Eso debía representar una señal, él era el futuro y no podía haber comenzado de una forma más positiva.

Los lobos no volvieron a merodear cerca de la cabaña, al menos Bernard no les oyó y estuvo pendiente por si los sentía para hacerles frente antes de que se acercaran excesivamente a la cabaña. Pensó que eran muy inteligentes ya que habían comprobado de qué parte estaba la fuerza y habrían pensado que con el asno ya podían saciar su hambre sin arriesgarse a otro encontronazo del que salieran mal parados.