La mañana amaneció radiante, en el momento que el sol superó el monte más alto que había al este, estalló en mil rayos inundando todo el cielo y al cruzarse con alguna nube la impregnaba de rojo ofreciendo una belleza que pocas veces se puede ver en todo su esplendor.

Cuando los primeros rayos de sol penetraron en la cabaña, Marie se despertó, buscó al niño que estaba en su regazo y le ofreció de nuevo el pecho que instintivamente aprisionó con sus labios succionando con tanta ansia que hizo emitir a Marie un ligero gemido de dolor.

—¿Parece que tiene hambre? —dijo Bernard.

—Sí, eso es bueno ya que los primeros días son muy importantes y si hubiera rechazado el pecho, en este lugar no podríamos haber encontrado leche para darle.

—Pues si los dos estáis dispuestos, cuando me digáis voy ensillando las mulas.

—Cuando termine el niño de mamar, podemos salir, quiero llegar cuanto antes ya que me sigue preocupando la sangre que voy perdiendo.

Bernard ensilló las mulas y fue colocando sobre ellas todo lo que había guardado en la cabaña. Pensó en llevar el al niño ya que Marie se encontraba muy débil, pero lo reconsidero, sabía que el instinto materno no la dejaría dormirse y seguro que el niño iba a ir mejor con ella ya que él seguiría andando para ir abriendo el paso y hacer que las mulas le siguieran.

Aún seguía todo nevado, pero en esa parte de la montaña era inferior la altura de la nieve, se percibía el camino y aunque estaba comenzando el deshielo por el efecto del sol. El camino no resultaba peligroso pero no debía descuidarse ya que los desniveles que había bajo el manto blanco solo se percibían cuando la presión de las patas se apoyaba en ellos.

Cuando llevaban una hora de camino, a lo lejos divisaron las edificaciones del monasterio al que se dirigían, era Roncesvalles, allí encontrarían el cobijo y los cuidados que su mujer y su hijo necesitaban.

De vez en cuando, Bernard se detenía para ver cómo iban su mujer y su hijo, pero Marie siempre le decía que iba bien, era muy sufrida y pocas veces se quejaba de las adversidades que le surgían.

Cuando estaban a dos leguas del monasterio, en un llano hicieron una parada para descansar pero Marie no quiso descender de su montura, pensaba que si lo hacía no se podría reincorporar. Comprobó que el niño iba bien pero se preocupó al ver cómo un hilillo de sangre descendía por la tripa de la mula. Bernard quiso que Marie se bajara para ver su estado pero ella desistió.

—Ya estamos llegando —dijo —en una hora nos atenderán y si me bajo es posible que no pueda volver a subirme.

—¿Quieres que lleve al niño? —preguntó Bernard.

—Déjalo, está dormido y si lo movemos igual se despierta.

Con ilusión y esperanza, afrontaron los últimos metros que les separaban del confort del monasterio, los monjes al verles descender por el sendero se apresuraron a ir a su encuentro.

—¿Pero como se les ocurre caminar con este tiempo? —dijo el monje mayor.

—Creo que ha sido una temeridad, pero nos ha pillado la tormenta en el ascenso y ya no nos atrevíamos a dar marcha atrás.

—¿Qué lleva ahí? —dijo el monje joven viendo la manta que envolvía al niño.

—Es nuestro hijo, ha nacido en el alto, en la cabaña de los pastores.