Marie continuaba inconsciente y tenía un pulso débil, mientras Isabel observaba su estado, la criatura seguía sin cesar de llorar. Los dos se encontraban envueltos en ropas ensangrentadas. Fue retirándolas, comprobó que en algunas partes la sangre se había coagulado y la tela se había adherido al cuerpo, por lo que les tapó con unas mantas que había en el cuarto y esperó a que llegara el monje con las cosas que ella le había encargado.

Trajeron dos cubos de madera con agua y al verles llegar Isabel le dijo a Ramiro que entrara en el cuarto, al otro monje le ordenó que bajara hasta la cocina y pusiera a calentar más agua.

Ramiro se hizo el remolón, trató de hacerle ver a Isabel que no podía entrar en el cuarto, se apreciaba el cuerpo medio desnudo de Marie y su pudor le impedía acceder al interior.

—Déjate de remilgos que ahora no es el momento, si no me ayudas, es posible que uno de los dos se muera, tal vez los dos; o sea, que tú veras si quieres llevar esa muerte sobre tu conciencia el resto de tu vida por no haber hecho lo posible para que se salvara.

—Es que no sé lo qué tengo que hacer —dijo el monje.

—Ponte con el niño y vas haciendo lo que yo te diga: coge un paño e introdúcelo en el agua, lo escurres y le vas quitando toda la ropa sucia que tiene, cuando se encuentre desnudo, con el paño húmedo vas limpiando todo su cuerpo, quitando todas las impurezas y restos de sangre que tenga.

Al ver el cordón umbilical que se encontraba a punto de soltarse, Isabel tomó un trozo de tela, la rasgó haciendo una tira fina con la que anudó con fuerza el cordón y cortó lo que sobraba con un cuchillo que previamente había desinfectado pasando el filo por la llama de una de las velas que había en el cuarto.

El monje que estaba ayudándoles llamó a la puerta del cuarto con el nudillo de la mano.

—Traigo la leche templada —dijo desde el pasillo.

—Déjala sobre la mesa y busca algo que sirva como tetilla para que la criatura pueda mamar, que aún no sabe ni beber ni sorber.

Ramiro ya había limpiado completamente al niño, lo envolvió con las telas limpias que les habían proporcionado y lo cubrió con una de las mantas.

—Y cómo lo hago —dijo el monje —cómo puedo darle la leche.

—Enseguida te lo explico, cuando traigan alguna cosa con la que podamos dársela.

Isabel humedeció la ropa que se encontraba adherida al cuerpo de Marie hasta que consiguió desprenderla; retiró por completo de su cuerpo los harapos que llevaba.

Fue lavando todo su cuerpo y comprobó cómo la pérdida de abundante sangre, había conseguido que el color desapareciera de su cuerpo, el cual se encontraba muy pálido.

Como pudo frenó la hemorragia de la que aún salía un hilillo de sangre. Vio como a consecuencia del esfuerzo del parto y del duro descenso que debieron realizar para llegar hasta el valle, se había erosionado de una forma alarmante ese útero por el que la criatura había luchado por venir a este mundo. Isabel, que creía haberlo visto todo en la vida, se alarmó ante aquella visión, pero sabía que esos no eran momentos de compadecerse sino de actuar. Sin demora, fue restañando lo que vio en peores condiciones, siguió limpiando el cuerpo de Marie hasta que no quedó ni rastro de impureza alguna, la cubrió con ropa seca y limpia y después la tapó con una manta.

La frente de la peregrina se encontraba sudorosa, por lo que fue aplicando sobre ella paños que había humedecido previamente en agua tratando de contrarrestar la temperatura de su cuerpo.