Bernard cogió la silla que estaba a la cabecera de la cama en la que se encontraba Marie. Tomó su mano y se percató de su débil pulso. Continuaba estando muy pálida y la respiración la hacía de forma entrecortada.

Se quedó observándola y lamentó lo imprudente que había sido; pero, ¿qué más podía hacer?, si no hubieran escapado apresuradamente, es probable que a estas horas los dos se encontraran detenidos y encarcelados, de esa forma al menos tuvieron una oportunidad.

Como había pasado una noche muy mala, al cabo de una hora sentado en la silla se quedó dormido,  hasta que el llanto del niño le hizo volver a la realidad.

—Creo que otra vez tiene hambre —dijo el monje —voy a calentar la leche para que se alimente.

Mientras Ramiro fue a la cocina, Bernard se sentó en un extremo de la cama y trató de calmar el llanto del niño cogiéndole en sus brazos. Momentáneamente se calló y observó con sus grandes ojos aquel rostro como si le reconociera. Él lo apretó contra su pecho y permaneció abrazado a ese pedazo de su carne hasta que oyó pasos acelerados en el corredor, vio entrar por la puerta al hermano Ramiro, que traía en su mano la vejiga llena de leche.

—¿Quiere dársela usted? —le preguntó a Bernard.

—No, creo que usted lo hace muy bien, el niño se ha acostumbrado a cómo lo hace, parece como si le estuviera esperando ya; no le quita la mirada de encima.

Ramiro cogió al niño y lo colocó como Isabel le había enseñado. Una vez que terminó de mamar, lo puso sobre su pecho hasta que escuchó cómo expulsaba el aire que había tragado con la leche.

—Ahora vamos a limpiarte para que te duermas a gusto —dijo mirando al niño, como si éste entendiera lo que el monje le decía.

Con suaves balanceos que hacía apoyándose en el jergón de la cama, consiguió que pronto se quedara dormido.

—¡Qué bueno es! —dijo Ramiro —cuando está limpio y alimentado se duerme enseguida. Es una bendición y ha sido un milagro que naciendo en lo alto de la montaña se encuentre tan bien.

—A su madre le encantará —dijo Bernard —era su sueño tener un hijo y ahora está a su lado; no lo puede ver.

—No se preocupe, verá como se recupera y será feliz cuando vea que su hijo se encuentra bien, eso la ayudará a recuperarse más rápidamente.

—Dios le oiga hermano —dijo Bernard mientras el monje se santiguaba al oír el nombre del Creador.

—Vaya a comer algo —dijo Ramiro —yo ya lo he hecho mientras calentaba la leche y me quedaré vigilando el sueño de los dos.

El prior había dejado libre el asiento que estaba a su derecha en el refectorio y al ver entrar a Bernard, le hizo una señal llamando su atención para que ocupara el asiento.

—Por lo que me han dicho, no hay ninguna novedad —le dijo.

—Todo sigue igual, el niño se está recuperando muy bien, los cuidados del hermano Ramiro están contribuyendo a ello.

—Con él estará bien atendido, ahora no debe preocuparse por nada, solo debemos rezar para que su esposa se recupere, ahora está en manos de Dios.

—Eso espero, es una contrariedad con la que no contaba.

—¿Y qué van a hacer cuando ella se recupere, piensan continuar el camino o regresan a su casa? —preguntó el prior.