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Los días iban pasando y la mejoría que estaba experimentando el niño no la veían en Marie, su estado era cada vez más preocupante ya que al no poder alimentarse, cada jornada que pasaba, su deterioro era más ostensible. Bernard se estaba resignando a que de un momento a otro se produjera el fatídico desenlace que no deseaba.

Se pasaba todas las horas del día en la cabecera de la cama de Marie, allí había desplegado todos los utensilios que tenía para tallar. También disponía de alguna gubia nueva que le había facilitado el hermano carpintero. La talla de la cabeza de una virgen que estaba en su alforja, poco a poco fue adquiriendo la forma definitiva y Ramiro la contemplaba ensimismado porque tenía una belleza que no había visto antes en las imágenes que se encontraban en el monasterio. Solo se ausentaba de vez en cuando para coger alguna herramienta que necesitaba en la carpintería; el monje que estaba al cargo de ella, al enterarse de lo que estaba haciendo, fabricaba algunas herramientas que él no utilizaba pero sabía que le vendrían bien a Bernard, como algunas lijas especiales para que fuera suavizando la madera.

También el hermano Ramiro se pasaba todo el día pendiente del niño, se había convertido en un niñero muy experto pues adivinaba las reacciones del niño antes que éste las manifestara. Únicamente se alejaba de la celda algo más de una hora cuando daba de comer al niño y éste se quedaba dormido. Pero nadie sabía dónde iba, ni lo que hacía y tanto al prior como a Bernard les extrañó estas ausencias del monje, aunque no le dieron importancia, imaginaban que después de estar todo el día en el cuarto necesitaba salir una o dos horas para tomar el aire puro que se respira en los exteriores del monasterio.

Cuando llevaba una semana en Roncesvalles, el mal tiempo había cesado y los regatos que traían el agua de la montaña, con el deshielo, bajaban con mucha bravura, incrementando el cauce de los arroyos que allí se comenzaban a formar. Ahora ya se podía cruzar con garantías la montaña y comenzaron a llegar nuevos peregrinos, ese día lo hicieron al menos cuarenta personas, todos los que se habían ido agrupando en el otro lado de la montaña mientas esperaban que llegara el buen tiempo. Entre ellos llegó el grupo de Pascal, éste, nada más entrar en la seguridad que les ofrecían los muros del monasterio, mientras el resto de sus compañeros dejaban en las caballerizas a los animales, se fue a preguntar al primer monje que encontró en el hospital.

—¿Quería saber si hace una semana llegaron dos peregrinos?, venían con nosotros y salieron cuando comenzó la nevada y no hemos visto ni rastro de ellos por el camino, solo encontramos los restos de su asno devorado por los lobos y nos tememos lo peor.

—Bernard con su mujer y su hijo —dijo el monje —sí. Llegaron la semana pasada, aunque su mujer lo hizo en muy malas condiciones y no se ha recuperado todavía.