—No sé qué haremos, no podemos regresar, tendremos que seguir adelante o quizá nos estableceremos por estas tierras. Cuando mi mujer se recupere, lo decidiremos entre los dos.

—Esta es una tierra rica y hay trabajo para todos. Usted parece una persona culta e inteligente, aquí podrá salir adelante. Puede contar conmigo, si es necesario, para que le facilite los contactos y las recomendaciones que necesite.

—Creo que toda ayuda me vendrá bien, cuando llegue el momento hablaremos. También creo que necesito hablar con alguien, confesar todo eso que se acumula en mi interior.

—Cuándo lo desee, sabe que mi puerta está abierta y si puedo calmar un alma angustiada, esa es una de mis funciones como hombre de Dios.

Isabel llamó la atención del prior y salió con Bernard hasta el pasillo para ver las noticias que les traía.

—Creo que ya no soy útil aquí, al menos mientras Marie siga inconsciente. Solo podemos rezar para que se recupere. Guardaba en casa ropa de mis hijos y se la he dejado al hermano Ramiro, él sabe como debe ponérsela al niño. Creo que lo mejor es que usted —dijo mirando a Bernard —se traslade a la habitación en la que está su esposa, como es un cuarto grande, pueden poner una o dos camas más, así cuida de Marie mientras Ramiro se ocupa del niño. Si me necesitan para algo, me llaman y en unos minutos me presento aquí.

—Me parece bien —dijo Bernard —así estando a su lado me encuentro más tranquilo.

—Pues no se hable más —dijo el prior —ordenaré que lleven dos camas al cuarto y haremos lo que Isabel dice, que de esto sabe más que nosotros.

Bernard metió su mano en la bolsa para sacar unas monedas con las que gratificar las atenciones que Isabel había tenido con su esposa; el prior, viendo sus intenciones, estiró la mano deteniéndole y cuando Isabel se marchó, le dijo:

—No es necesario que pague por lo que ella ha hecho, lo hace de corazón y porque lo siente, no quiere que se la gratifique de esa forma, eso la llegaría a ofender.

—Es que yo quería….

—Ya lo sé, pero como le digo, no hace falta. Isabel no necesita dinero, ella se encuentra pagada con su gratitud y esa se la ha demostrado ya.

—¿Y cómo podría compensarla, cómo podría pagarle lo que ha hecho?

—No es necesario, si llegara a conocerla un poco más, comprendería que cada vez que atiende a un peregrino, ella se encuentra compensada ampliamente. Siempre que alguien la necesita, ella está ahí. A su edad tiene todas sus necesidades cubiertas y solo busca esa paz que cuando le llegue, la lleve directamente al paraíso que bien ganado tiene con todas las buenas acciones que ha realizado.

— ‘Creo que ya sé una cosa que la va a gustar’ —dijo pensando en voz alta — ‘una imagen que he tallado de la virgen y llevo en una de las alforjas, se la daré y cada vez que rece ante ella se acordará de los dos’.

—Es una mujer muy piadosa —dijo el prior —eso sí que la hará ilusión y le gustará más que cualquier otra cosa.

—Bernard ayudó a dos monjes que habían traído las camas para introducirlas en el cuarto, las colocaron de tal forma que la de Bernard estuviera al lado de la de Marie y la de Ramiro junto a la del niño. Luego fueron al cuarto en el que Bernard había estado la noche anterior para traer todas las pertenencias que habían dejado allí los monjes cuando las retiraron de las mulas que les habían conducido hasta allí.

Fin del Capítulo XVI