—¿Su hijo? —preguntó Pascal —no tenía ningún hijo, su mujer estaba embarazada, pero según nos dijo, le faltaba un mes para que naciera.

—Pues nació en lo alto del monte. Gracias a Dios no se quedaron todos allí, porque en las condiciones que estaba la montaña y con las adversidades que tuvieron, lo normal era que todos hubieran perecido allí —dijo el monje.

—¿Podríamos verlos? —preguntó Pascal.

—Se encuentran en una celda que ocupamos los monjes, dado el estado de su mujer y de la criatura, hemos considerado que deben estar allí para recuperarse, le avisaremos que están ustedes aquí para que baje a verlos.

La noticia de la llegada de sus compañeros de viaje animó un poco a Bernard, que nada más que se lo comunicaron bajó hasta el hospital para saludarles.

—¡Pascal! —gritó Bernard al verle.

—¡Qué alegría verte! —dijo éste —nos teníais muy preocupados y más desde que vimos los restos de tu burro en lo alto del puerto, estaba casi devorado por los lobos, pero lo reconocimos por la cabeza, que aún no había sido comida del todo, y por las correas. Llegamos a pensar que habíais corrido la misma suerte, pero afortunadamente vemos que no ha sido así.

—Ahora creo que fue una temeridad lo que hice ya que Marie tuvo el parto en muy malas condiciones, al llegar aquí se desmayó y todavía no se ha recuperado, me temo lo peor. Muchas veces pienso que debimos quedarnos con vosotros.

—Nunca se sabe —dijo Pascal —los soldados se enteraron de tu presencia y fueron llegando más cada día, registraron todas las casas del pueblo, cuando mejoró el tiempo y salimos, a cada kilómetro había controles en todos los caminos: si os hubierais quedado allí, os habrían detenido.

Al ver a Pascal hablando con Bernard, todos los integrantes del grupo fueron saliendo del hospital y le abrazaron como si estuvieran ante un espíritu; aunque no lo dijeron, todos pensaban que estarían muertos.

Bernard les fue contando de nuevo las peripecias que habían tenido que superar para llegar a la seguridad del monasterio y al informarles del estado de Marie y del nacimiento del niño, le pidieron permiso para poder verlos.

Bernard habló con el prior para que les autorizaran a entrar en la estancia reservada para los monjes, éste se la concedió pidiéndole que lo hicieran en silencio para no alterar el estado en el que se encontraban los convalecientes. También para mantener la paz que había en el interior del recinto, pues los monjes durante la mayoría de las horas del día estaban en silencio y no deseaba que se viera alterado.

Accedieron con el respeto que imponía el lugar y en silencio observaron a los dos seres que se encontraban en las camas, el niño se encontraba durmiendo bajo la atenta mirada de Ramiro. Estuvieron unos minutos en el cuarto y con el mismo silencio descendieron a la explanada del monasterio.

—¿Podemos hacer algo por vosotros? —preguntó Martha, la mujer de Jacques.

—Solo podemos esperar —suspiró Bernard —ahora está en manos de Dios y se cumplirá su voluntad.

—El niño es precioso —dijo Véronique —¿Cómo se llama?

—Aún no le hemos puesto nombre, estoy esperando a que Marie recobre el conocimiento y sea ella quien se lo ponga.

—Bueno, hoy cenas con nosotros y nos sigues contando cuáles van a ser tus planes —dijo Pascal —. Vamos a dejar las cosas en el cuarto, dentro de una hora ponen la cena y, si te parece, nos vemos allí y nos cuentas.