Encargó a Ramiro que pusiera unos cantos en la lumbre para que se calentaran, luego los envolverían con una manta y se los acercarían a su tripita para que el calor le aliviara.

Así lo hicieron, pero el niño seguía llorando cada vez con más fuerza sin que encontraran ninguna explicación para aquel llanto desgarrador.

Cada chillido penetraba en los oídos de Bernard como si fuera un puñal, no podía soportarlo y aunque le habían aconsejado que saliera del cuarto, él rehusó hacerlo, se aferró a la mano de Marie como si eso le calmara y consolara a su mujer. Sentía la mano cálida y su pulso parecía que por momentos se aceleraba, pero eran imaginaciones suyas, también se imaginó que la mano de Marie le apretaba hasta que se quedó inerte. Un escalofrió recorrió la columna de Bernard que percibió cómo la vida de su mujer se escapaba en el momento que el niño dejó de llorar.

Pensó que había sido todo un sueño, pero comprobaron que el pulso de Marie se había detenido, también le pusieron un espejo en la boca y comprobaron que había dejado de respirar.

El prior e Isabel le confirmaron a Bernard que su mujer había dejado de existir, Dios se la había llevado a su lado y para ellos era un milagro que el niño hubiera presentido aquel desenlace advirtiéndoles con su llanto, era algo inexplicable que achacaban a una intercesión divina.

Salieron todos del cuarto y dejaron que Isabel amortajara el cuerpo de Marie. Cogió del armario su mejor vestido y se lo puso cubriendo con un velo su cabeza. Los monjes trajeron cuatro grandes cirios que colocaron en cada uno de los extremos de la cama. También sacaron la cuna para que esa noche el niño durmiera en otra habitación mientras velaban el cuerpo de la difunta.

Para no dejar solo a Bernard, Isabel y el prior le acompañaron toda la noche, tratando de aliviar la pena que se había alojado en su corazón. No hablaron en toda la noche, tampoco había mucho que decirse, no era el momento para ello. Bernard trató de llorar, pero había agotado la fuente en la que nacían las lágrimas y no consiguió que ninguna saltara la barrera de sus ojos, solo mantenía la mirada perdida y a lo largo de esa noche fueron muchos los recuerdos que vinieron a su cabeza; pero sobre todo aquellos momentos alegres que compartió con Marie. La mayoría de ellos habían ocurrido después que salieran de forma apresurada de París y vivieran la aventura que les había llevado hasta allí, sobre todo recordó esos momentos de intimidad que habían tenido la oportunidad de gozar juntos ya que desde que se casaron, debido a su trabajo, había pasado mucho tiempo fuera de casa y no pudieron disfrutar el uno del otro. Esos recuerdos, fruto de los cuales había nacido su hijo, serían los que conservaría para siempre en su mente, ellos le ratificarían que la convivencia que habían tenido había merecido la pena, pues muchas personas jamás podrían haber tenido los sentimientos que llegaron a expresar el uno por el otro.

Cuando las primeras luces del nuevo día comenzaron a entrar por la ventana del cuarto, el prior en silencio se retiró saliendo del cuarto. Quería dar las instrucciones precisas para el funeral.

Ordenó que, en contra de la costumbre, en lugar de celebrar el funeral en la capilla del Sancti Spirutus como hacían cada vez que un peregrino fallecía, lo harían en la basílica de Santa María. En esta ocasión era diferente, se habían acostumbrado a su presencia, sintiéndose como uno de ellos y para todos fue una contrariedad el desenlace ya que esperaban y rezaban para que se hubiera recuperado.