Dos de los hermanos fueron cavando una fosa en el cementerio en el que reposaban los restos de numerosos peregrinos que habían corrido la misma suerte que ella.

A media mañana, varios hermanos entraron en el cuarto en el que yacía el cuerpo de Marie. El prior sacó de allí a Bernard y le llevó al refectorio para que tomara un cuenco de leche caliente mientras los monjes introducían los restos de Marie en una caja de pino y con solemnidad la llevaron hasta el altar de la colegiata.

Todos los monjes habían dejado sus tareas y se congregaron en el templo esperando la llegada del prior y de Bernard. Rodrigo se puso una casulla y con una docena de monjes concelebró la misa de funeral mientras Bernard seguía con la mirada perdida sentado en el primer banco de la iglesia.

-Señor, acoge el alma de Marie. Ella nos deja en el mejor momento de su vida, cuando ha traído un nuevo ser a este mundo del que ya no podrá disfrutar, pero ha sido tu voluntad y la aceptamos. Tendrás tus motivos para reclamarla a tu lado y a su marido y a su hijo solo les queda resignarse por tu voluntad y aceptarla.

Las palabras del prior apenas eran entendibles por Bernard. Isabel estaba a su lado para atenderle en todo lo que pudiera necesitar, con gestos cariñosos trató de reconfortarle mientras se celebraba el oficio religioso, pero él solo tenía en su mente la imagen de Marie. Esa imagen, no de cuando se encontraba inerte en la cama, sino la que le ofreció en los momentos de más felicidad, era como quería recordarla y cada vez que lo hiciera ese sería el rostro que recordaría de su esposa, el que había sabido plasmar en las tallas que de memoria había realizado.

—Que descanse en paz —dijo en alto el prior.

—Amén —respondieron todos los asistentes.

Fue entonces cuando Bernard volvió a la realidad. Cuatro monjes pusieron sobre sus hombros el ataúd  y comenzaron a abandonar el templo. El prior puso su mano sobre el hombro de Bernard, se colocaron tras el féretro y los demás monjes, formando tres filas, configuraron el cortejo fúnebre que con solemnidad fue lentamente hasta el cementerio que se encontraba en un lateral del monasterio fuera de las construcciones que formaban el recinto.

Toda la comitiva formó tres grandes círculos alrededor de la tumba recién excavada y con unas sogas depositaron en el fondo el ataúd de pino. El prior dijo de nuevo unas palabras que resultaron ininteligibles para Bernard.

—Nuestra hermana Marie no se va porque siempre estará con nosotros, tendremos un lugar en nuestros corazones para ella.

Introdujo el hisopo en el acetre y bendijo con agua bendita el ataúd, con la mano hizo la señal de la cruz y todos los monjes se santiguaron.

Uno de los hermanos tomó una pala, la introdujo en el montón de tierra que había en un lateral de la tumba y vertió su contenido sobre la caja. El seco golpe que produjo la tierra al chocar contra la madera hizo que Bernard saliera de los pensamientos en los que se encontraba; también se santiguó y sin decir nada se fue cabizbajo hasta el cuarto en el que se encontraba su hijo.

El hermano Ramiro, al verle entrar, salió de la estancia y antes de cerrar la puerta vio como apretaba a su hijo contra su pecho mientras las lágrimas por fin comenzaban a deslizarse por sus mejillas.

Fin del capítulo XVII