Ramiro se había quedado en el pasillo, frente al cuarto en el que estaba Bernard con el niño, pendiente de lo que ocurría dentro. Transcurrida más de una hora sin oír nada en el interior, el monje se preocupó y decidió sigilosamente abrir la puerta del cuarto oteando lo que pasaba. Vio a Bernard que seguía en la misma posición que él le había dejado al salir, continuaba abrazado al niño y los dos permanecían inmóviles. Pensó que les había ocurrido algo por lo que fue a avisar al prior para que determinara qué era lo que debían hacer.

Comprobaron que se había quedado dormido y decidieron acostarle en la cama, trataron de retirarle al niño de los brazos, pero no podían soltar sus manos. El prior pensó que en esos momentos tan difíciles, sentir a su hijo le vendría bien, por lo que les dejaron acostados y abrazados. El instinto paterno impediría que le ocasionara cualquier daño; no obstante, le pidió a Ramiro que se acostara en la otra cama y estuviera pendiente de que no le ocurriera nada al niño; además, en unas horas reclamaría su alimento y se despertaría, ese sería el momento de dejar que Bernard siguiera durmiendo y al niño podría acostarle en su cuna.

Hacia las doce de la noche, cuando el pequeño se despertó reclamando su comida, avisó a Ramiro con su llanto y despertó también a Bernard, pero éste se encontraba tan cansado que no puso ningún impedimento para que el monje lo cogiera en sus brazos y lo llevase hasta la cocina mientras Bernard continuaba durmiendo.

A la mañana siguiente dejaron solo a Bernard en el cuarto para que siguiera durmiendo, era tanto el cansancio que tenía acumulado en su cuerpo al llevar casi dos días sin dormir que no se despertó hasta que los monjes terminaron de comer. Llegó al refectorio con un rostro demacrado, el prior al verle entrar fue a su encuentro y después de darle el pésame por la perdida que había sufrido, le acompañó hasta el asiento que había reservado para él.

—Tenemos que hablar —le comentó el monje —esta tarde no tengo nada que hacer y la he reservado para estar con usted.

—¿Y qué quiere que le cuente? —susurró Bernard.

—Es necesario que hablemos del futuro, de lo que va a hacer a partir de ahora, tiene un hijo que depende de usted, ha estado descuidado por causas justificadas, pero ahora ya no hay ninguna excusa. Es necesario bautizarlo, ponerle un nombre y decidir qué es lo que va a hacer usted a partir de ahora.

—Para mí se ha terminado todo, sin ella todo me da igual, no deseo seguir luchando porque el futuro no existe para mí.

—Eso son bobadas, es usted muy joven y tiene aún una vida por delante, si no lo hace pensando en usted, hágalo por ella y si no por su hijo.

—Es fácil decirlo, lo que veo complicado es poder hacerlo. Usted no sabe por lo que estoy pasando.

—No, no sé por lo que está pasando, pero me lo imagino, he visto situaciones parecidas o más difíciles que la que usted está atravesando y quienes la padecían han sabido salir adelante, solo hay que proponérselo y luchar por ello.