Antes que despuntara el alba el pequeño Ramiro se despertó para tomar su ración de leche como hacía regularmente cada día, mientras el monje fue a la cocina a calentar el alimento, Bernard lo cogió entre sus brazos y lo besó repetidamente. Entre tanto se alimentaba, él fue preparando sus cosas para partir antes que el sol irrumpiera por los montes del este y cuando Ramiro terminó de alimentar al pequeño, lo acostó en la cuna y se dispuso a ayudar a Bernard a bajar sus pertenencias hasta las caballerizas.

—Déjeme ayudarle —dijo el monje —el baúl es mejor llevarlo entre dos.

—Gracias de nuevo —respondió Bernard —ha sido usted muy amable y sobre todo servicial, espero que el pequeño Ramiro no le dé excesivos problemas; en cuanto me sea posible, vendré a buscarlo.

—Seguro que se portará bien, es tan bueno que ya ve usted que apenas da guerra.

—Se le ve muy a gusto cuando está con usted, parece que tiene un don especial para cuidar a los niños.

—Siempre me han gustado, antes de ingresar en el monasterio me hacía cargo de mis hermanos pequeños cuando mis padres salían a trabajar.

—Pues creo que las buenas costumbres ha sabido mantenerlas a juzgar por cómo ha tratado a mi hijo.

Bajaron con el baúl y las alforjas llenas de cosas para ir acomodándolas sobre las mulas. Allí se encontraba el prior esperando la llegada de Bernard, le acompañaban dos monjes que estaban al cargo de los animales del monasterio, ellos se habían encargado de ensillar las mulas y se ocuparon de sujetar sobre una de ellas todo lo que Bernard y el monje habían bajado del cuarto.

—Creía que ya nos habíamos dicho adiós ayer —dijo Bernard a modo de saludo al prior.

—No te iba a dejar marchar sin despedirte y al menos acompañarte hasta la salida del monasterio.

—Tantas despedidas hacen que me cueste más tener que abandonar este lugar.

—Siempre ocurre lo mismo cuando tenemos que partir —dijo el prior —pero si no lo deseamos nos cuesta tomar la decisión de hacerlo.

—Dejo tantas cosas aquí, que bien sabes que no deseo marchar, me gustaría tanto quedarme aquí y pasar el resto de mis días con vosotros y con mi hijo.

—He estado pensando esta noche una forma para comunicarnos por si tengo que enviarte algún mensaje. Como por aquí todos los días pasan peregrinos que van a seguir el mismo camino que llevas tú, en los sitios en los que te detengas durante varios días, hazme saber dónde estás a través de alguno de los encargados de los hospitales en los que paran los peregrinos. Si tengo que hacerte llegar algún recado lo haré con alguna persona que me inspire confianza. Ya conoces mi sello, solo irá en aquel mensaje que yo te envíe.