—También lo haremos de esta forma si yo tengo que hacerte llegar algún mensaje, buscaré a algún peregrino que esté haciendo el camino de regreso y lo mandaré con él. Este medallón que mi señor me había entregado, será el que utilice para lacrar el documento que si es necesario te haga llegar cualquier mensaje.

—Ya está todo cargado —dijo uno de los monjes —cuando quiera ya puede partir.

Bernard cogió las riendas de las dos mulas y fue caminando delante de ellas hasta los límites del monasterio, iba acompañado por Ramiro y por el prior y en el muro exterior del recinto se detuvo.

—Bueno aquí nos separamos —dijo mientras abrazaba a Ramiro —cuide del niño como lo ha hecho hasta ahora.

—No le quepa ninguna duda que así lo haré.

—Gracias Rodrigo, creo que dejo aquí, además de muchas otras cosas, un buen amigo.

—También a mí me da pena ver marchar a un buen amigo —dijo el prior —pero a la vez me encuentro alegre ya que sé que hay mucho en juego y debes poner en orden las cosas para que no empeoren.

De nuevo se fundieron en un abrazo antes que Bernard se subiera a una de las mulas para comenzar el descenso que le conduciría hacia las tierras fértiles del valle.

La mañana estaba siendo fresca por lo que iba bastante abrigado, nada más abandonar el monasterio el astro rey comenzó a aparecer a la izquierda de Bernard. Las nubes apenas ensuciaban el cielo por lo que presentía que cuando pasaran de largo comenzaría a calentar y sería un día caluroso.

Comenzó a descender por un sendero que habían ido formando los pasos de miles de personas que habían caminado por allí antes que él. Cuando llevaba recorridos unos kilómetros atravesó un río que se alimentaba de la multitud de arroyos que se habían formado más arriba, recogiendo las aguas del deshielo de las grandes cumbres. Decidió seguir avanzando por una de sus orillas, el terreno estaba resultando bastante irregular con constantes subidas y bajadas, por lo que decidió continuar por una de las orillas del río que parecía más cómoda para los animales.

Caseríos aislados fueron apareciendo en su camino, de vez en cuando se detenía con los campesinos que se afanaban en las tareas que requerían sus campos y sus huertos, y mientras descansaba un rato, se iba poniendo al corriente de las costumbres de estas gentes, las cuales eran algo diferentes de las que él tenía.

Cuando llevaba unas cinco horas de camino y el sol se encontraba en lo más alto, se detuvo en uno de los caseríos para pedir agua y dar de beber a los animales. El aldeano, una persona de mediana edad, le invitó a compartir un plato de legumbres que se disponía a comer.

Bernard sacó de su alforja medio queso y lo aportó a la comida, que le pareció muy nutritiva, y después del esfuerzo que había realizado, le sentó muy bien ingerir algo caliente.

Reposó la comida durante media hora ya que se encontraba muy a gusto con aquel hombre, pero todavía le quedaban muchos kilómetros por delante. Quería llegar hasta la ciudad de Iruña, donde le habían dicho que podría descansar él y los animales también estarían cuidados, por lo que se despidió de este hombre tan hospitalario agradeciendo las atenciones que había tenido con él.

Ahora el terreno comenzaba a suavizarse, el río ya no descendía con tanta rapidez, por eso cada vez se encontraba más terrenos en los que los labradores habían ido ganando espacio al bosque y expandían las cosechas, principalmente campos de cereal.