Los meandros del río le hicieron dar numerosas vueltas antes de llegar a las murallas de la ciudad, la cual había adquirido gran prosperidad con los burgos que la formaban.

Esta ciudad floreciente y próspera estaba atravesando una situación de receso económico por los privilegios que el rey castellano había otorgado a los burgos a través del otorgamiento de fueros; también por la influencia que los reinos castellano y aragonés querían tener sobre esta ciudad que fue durante mucho tiempo fronteriza. La alternancia de alianzas con uno y otro reino provocó que unos años antes el gobernador puesto por el rey de Francia solicitara ayuda a este reino. Se produjo una guerra cruel que llegó a masacrar y a diezmar a la población, la cual aún no se había recuperado y tardaría tiempo en hacerlo.

Bernard buscó una posada en la que poder descansar. Se alojó en una que le habían recomendado en uno de los barrios por los que se accedía a la ciudad, donde podría descansar y dejar los animales en una cuadra en la que serían atendidos.

Después de la cena trató de descansar, debía irse acostumbrando a los hábitos que tenían los peregrinos: al finalizar cada etapa trataría de dormir cuanto antes para que su cuerpo descansara lo suficiente para poder hacer con garantías la jornada siguiente.

Mientras cenaba estuvo conversando con el posadero, era un hombre joven y espigado que estaba acostumbrado a la presencia de extranjeros que se alojaban en su local. Incluso llegó a dominar con cierta soltura la lengua de los francos, y a pesar de la desenvoltura de Bernard con la lengua castellana, el posadero le hablaba en francés; era, según él decía, para ir adquiriendo más conocimientos de este idioma y no perder los que ya tenía.

Bernard le preguntó cómo podría llegar hasta la iglesia de Santa María de Eunate que estaba a unas tres leguas de donde se encontraba y además del documento que llevaba del prior para su colega, quería saber si aún seguía siendo fiel a la Orden y la encomienda que allí se había establecido permanecía en funcionamiento.

—Para ir a Eunate tiene dos alternativas —le dijo el posadero.

—Bueno pues dígame cuál es la mejor —respondió Bernard.

—No sabría que decirle —se quedó pensando el posadero —lo mejor es que le explique como es cada una y luego sea usted quien decida por la que quiere ir.

—Pues usted me dirá —dijo Bernard indicándole que era todo oídos.

—La más corta es saliendo de la ciudad hacia el sur-oeste, verá un monte a poco más de una legua de aquí, desde lo más alto casi puede ver dónde se encuentra La iglesia de Santa María de Eunate. Es el camino más corto para llegar, pero tiene la dificultad de tener que subir y luego bajar el monte.

La otra opción es bordear por la izquierda el monte y cuando lo rodee verá el camino que le conduce hasta la iglesia, de esta forma hace una legua más; pero es completamente llano.

—Quizá para los animales resulte más cómoda y fácil la segunda opción —comentó Bernard.

—Yo también lo creo, quienes van caminando suelen tomar el atajo del monte, ya están acostumbrados a subir y bajar los montes después de haber superado los Pirineos. Pero cuando se va con animales hay algunos tramos en los que las bestias se encabritan y no quieren seguir adelante. Yo le he dicho lo que se va a encontrar y ahora es usted quien tiene que decidir.