—Pues elijo la segunda opción, creo que para los animales y para mí será más cómoda y, además, no tenemos prisa que nos obligue a tomar atajos que pueden llegar a resultar peligrosos.

Todos los pensamientos de su imaginación fueron esa noche para el pequeño Ramiro. Le extrañaba, que aquel ser tan pequeño e indefenso había robado una parte de su corazón y le echaba en falta como nunca pensaba que pudiera hacerlo. Lo imaginaba solo allí, en la falda de la montaña, pero estaba tranquilo porque sabía que los cuidados del monje no le faltarían en ningún momento. Seguramente ahora se encontraría tomando su leche o quizá ya lo hubiera hecho y estaría durmiendo. Cayó en los brazos de Morfeo con la imagen del pequeño y también con la de Marie, a quien sí echaba mucho en falta y le costaría mucho acostumbrarse a no verla cada día.

De nuevo, al amanecer, ya se encontraba caminando y se dirigió en la dirección que el posadero le había indicado. Aunque no hacía falta saber qué rumbo debía tomar ya que se apreciaba el monte que debía subir si tomaba el atajo, pero siguiendo las indicaciones del posadero lo fue bordeando y pronto encontró el camino que le conduciría al lugar al que se dirigía.

El valle en el que se encontraba era muy feraz, la tierra era buena y la abundancia de agua hacía que las cosechas mostraran una calidad excepcional. Las espigas de trigo eran grandes, con unos granos tan gordos como nunca los había visto. Pensó que era muy difícil que las gentes de estas tierras pudieran pasar necesidades, pues la abundancia se veía por todos lados y la tierra era tan generosa que apenas era necesario labrarla para obtener las mejores cosechas.

También comenzó a ver viñedos que estaban siendo recolectados, de vez en cuando en las viñas en las que aún no había sido recogido el fruto, Bernard cogía un racimo que saboreaba con gran placer mientras estaba sentado en la mula y dejaba que ésta siguiera el sendero que tenía por delante.

En la parte más rica del valle, donde los caminos que seguían los peregrinos que procedían de Roncesvalles y los que venían de Aragón se juntaban, se encontraba la iglesia de Santa María de Eunate. El templo llamó enseguida la atención de Bernard, se trataba de una construcción octogonal, algo inusual en las edificaciones religiosas, se encuentra rodeada por una galería porticada compuesta por treinta y tres arcos. La armonía de las formas fue cautivando a Bernard mientras se acercaba al templo, le parecía un lugar especial y mágico.

Cuando llegó a la puerta principal del templo no vio a nadie por los alrededores, por lo que dejó a las mulas atadas en las ramas de un árbol que había a pocos metros y se adentró en el interior del templo.

La armonía octogonal de la planta se rompe cuando se llega al ábside pentagonal. No cabe duda que los maestros canteros que trabajaron en la construcción de este lugar fueron unos hábiles constructores que supieron dejar una huella que el paso del tiempo no conseguiría hacer desaparecer.

—Buenas tardes —oyó que le decía alguien desde el exterior – o mejor dicho, buenos días, porque seguramente no habrá comido todavía.

—Pues no he comido, buenos días —dijo Bernard —es usted el prior Sancho.

—¡Oh, no!, el prior no se encuentra aquí, ha tenido que ir hasta Monreal, es probable que hoy no regrese y si lo hace será a última hora, pero lo más seguro es que llegue mañana.