Bernard escuchó cómo los demás peregrinos que se encontraban descansando en aquel lugar se estaban preparando para partir, todavía quedaban unas horas para que amaneciera y le pareció que era demasiado pronto para levantarse de la cama en la que se encontraba tan a gusto, por lo que esperó a que todos salieran y entonces lo haría él.

Mientras ensillaba las mulas vio a Sancho que se dirigía con los demás monjes hasta el refectorio y decidió acompañarles. Comió una hogaza de pan en la que impregno la nata que habían apartado al cocer la leche; estaba exquisita y resultaba muy nutritiva.

—Le da un abrazo a mi amigo Leovigildo —dijo el prior.

—Lo haré con mucho gusto —comentó Bernard.

—Es un monasterio muy rico, ha contado con importantes donaciones reales, también los nobles son muy generosos ya que la Corte, a veces, se traslada hasta allí y todos desean hacerse destacar —le dijo Sancho.

—¿Es tan abrupto el camino como el que he dejado atrás? —preguntó Bernard.

—No, ahora se encontrará un terreno más cómodo, verá cómo se agradece caminar. El monasterio no tiene pérdida, se encuentra en la falda de una montaña.

Bernard terminó el desayuno y salió a buscar las mulas para seguir su viaje. Se despidió de este prior bonachón y le deseó lo mejor. Quedaron en volver a verse cuando regresara de su viaje, le pondría al corriente sobre cómo estaba la situación en los reinos cristianos que tenía por delante.

Enseguida se dio cuenta que se encontraba en una comarca diferente, el paisaje había cambiado de forma ostensible. Las montañas y las altas cumbres habían dado paso a un terreno llano con valles ubérrimos en los que la tierra era muy rica en nutrientes y estaba permanentemente regada por los numerosos ríos que recogían sus aguas de los montes que había en la lejanía.

En esta zona predominaban los cultivos de la vid, había grandes extensiones en las que las cepas parecían cubrirlo todo. Bernard pudo comprobarlo pues cada vez que se detenía a hacer un descanso en algún poblado por el que pasaba, además de consumir las exquisitas verduras que producían en los huertos que parecía que todos los vecinos poseían, acompañaba siempre a lo que ingería con una jarra de vino que le dejaba un buen gusto en el paladar.

De vez en cuando debía superar pequeños montículos para llegar hasta el pueblo que generalmente solía encontrarse en lo más alto de estas suaves lomas. Estaba pasando por un lugar que era la frontera frecuente entre los reinos emergentes y muchas poblaciones se construyeron como avanzadillas defensivas de los límites del nuevo reino, por eso tenían un carácter defensivo.

Fue atravesando pequeños enclaves en los que no había más de media docena de casas, hasta que llegó a Lizarra. Era una población emergente que estaba experimentando un desarrollo muy importante.