—Hola —dijo Bernard —me ha gustado mucho como jugabas.

—Si vais a la taberna, luego me paso por allí —dijo Santiago —voy a lavarme un poco y a ponerme otra camisa.

—Allí te esperamos —dijo Fernando.

Fueron siguiendo de nuevo a la marea humana que se iba dispersando por las calles comentando el partido que habían visto. Algunos, para ratificar una jugada, emulaban a los jugadores según trataban de explicarla.

Llegaron a la taberna y entraron al interior, allí se encontraban dos amigos de Fernando con los que Bernard había estado el día anterior.

—¿Habéis visto el partido? Preguntó el tabernero.

-De allí venimos —dijo Fernando —éste no había visto nunca jugar a la pelota. Ahora vendrá Santiago a tomar un vino con nosotros.

—¡Que no habías visto nunca un partido de pelota!, ¿es que en tu país no se juega? —preguntó el tabernero extrañado.

—No, allí no se practica este juego, nunca lo había visto antes.

—Venga, menos hablar y sácanos una jarra, que ésta va a mi cuenta – dijo Fernando.

Cuando estaban terminando el contenido de la jarra llegó Santiago, al verle entrar, todos levantaron el vaso y gritaron: ¡Por el campeón!

—Veo que ya habéis bebido una, ahora la siguiente invito yo —dijo el recién llegado.

—Habéis jugado muy bien —dijo uno de los amigos de Fernando.

—Sí, pero cuando se han puesto a un tanto de nosotros, si siguen apretando un poco más y se ponen delante, no sé qué hubiera pasado.

—Éste —dijo Fernando señalando a Bernard —era la primera vez que estaba en un partido y dice que le han gustado más las apuestas que como jugabais.

—Bueno, me ha llamado la atención —se justificó Bernard.

—En un partido, si no hay apuestas de por medio, no tiene ninguna gracia —dijo el tabernero.

—Seguro que tú has apostado por los hermanos —bromeó Fernando dirigiéndose al tabernero.

—Siempre con los del pueblo y si son clientes míos sin pensarlo —dijo este muy serio.

—Bueno, pues si has apostado por los del pueblo —dijo uno de los amigos de Fernando —has ganado; o sea, que nos invitarás a una jarra.

—Pero la saco en honor de Santiago, que es quien me ha hecho ganar —dijo el tabernero mientras escanciaba vino de un pellejo en la jarra.

Animadamente continuaron la tertulia, según veían que la jarra estaba a punto de vaciarse ya estaba allí el tabernero con una nueva.

Bernard sólo recordaba que él había pagado dos jarras de vino, por lo que si todos habían hecho como él, se habían tomado entre los cinco diez o más jarras. Se sentía tan mareado, que cuando se encontró tumbado en la cama, no sabía como había llegado hasta allí, solo notaba cómo la cabeza le daba vueltas y cuando no era la cabeza, era la habitación la que se movía.

El efecto de los vapores que iba desprendiendo el alcohol hizo que se quedara dormido muy pronto, aunque en varias ocasiones se despertó sintiendo náuseas en el estómago, creía que se sentía morir y en medio de la noche bajó a tientas hasta el patio, sacó un cubo de agua del pozo, metió en él la cabeza para ver si el frescor conseguía relajarle y hacer que el mareo se evaporara de su cabeza.

Elena le sintió y se levantó para ver si le ocurría algo.

—Se encuentra bien el señor.

—Creo que no, todo me da vueltas, me parece que me he pasado bebiendo vino, pero me he encontrado con unos amigos y no he sabido decirles que no.

—Venga a la cocina que le voy a preparar algo para que se alivie.

Calentó agua y cuando hervía, metió en ella unas hojas y plantas trituradas, una vez que éstas dejaron la clorofila en el agua las coló y se la dio a Bernard.

—Tómelo y verá como mañana se encuentra mejor.

—Es usted un ángel, muchas gracias —dijo mientras subía las escaleras para acostarse de nuevo en la cama donde a los pocos minutos había conseguido al fin quedarse dormido.

Fin del capítulo XXI