Releyó de nuevo el documento mientras pasaba sus dedos por la punta de la nariz, como si quisiera que Bernard percibiera la desconfianza que había despertado en aquel hombre.

            —¿Y qué deseáis de mí? – dijo frey Tomás.

            Bernard, pensó que no debía andarse con rodeos y comenzó a describir todo lo que había ocurrido en el último año. Fue haciendo especial énfasis en la misión que estaba llevando y quién había sido el que se la había encomendado. Durante casi una hora estuvo hablando, dio todo tipo de detalles y en ese tiempo no fue interrumpido ni una sola vez. Cuando terminó su exposición se quedó mirando a Tomás para ver la reacción de éste, pero permaneció inalterable, no movió ni un solo músculo, solo escuchaba como si ya supiera lo que le iban a decir, pero también daba la impresión que deseaba ser convencido de lo que tenía que hacer.

            —Nos habían llegado informaciones sobre los hechos que me acabáis de contar, pero dependiendo quien las dijera la versión difería bastante.

            —Pues esto es lo que yo he vivido y tal como me ha sucedido os lo cuento.

            —¿Y qué puedo hacer yo? —dijo frey Tomás.

            —No os voy a pedir nada que no podáis hacer, yo no tengo jurisdicción sobre usted, pero sé que no pasará mucho tiempo antes que las aguas vuelvan de nuevo a su cauce. Mientras esto ocurre, debemos poner a resguardo todos los bienes de la Orden para cuando sean necesarios, porque no le quepa duda que llegará ese momento y necesitaremos todos los recursos.

            —¿Y piensa usted llevárselos?

            —De ninguna manera, están más seguros si se quedan aquí, pero debemos ocultarlos, no deben caer en manos de nuestros enemigos.

            —¿Y cómo puedo saber que sois quien decís? —dijo Tomás- cualquiera podía haber conseguido este documento del prior Rodrigo y hacerse pasar por el portador del mismo.

            —Solo puedo daros mi palabra de caballero. Sé que aquí soy un extranjero y me parece bien que dudéis, hay que ser muy precavido en estos momentos.

            —Y sensato, apostilló frey Tomás —yo tengo una gran responsabilidad con la custodia de lo que tengo a mi cargo y debo dar cuenta de ello.

            —Tenéis razón —dijo Bernard —y me parecerá bien la decisión que toméis.

            —Pues solo espero que el Señor me ilumine y me permita tomar la correcta.

            —Esto quizá pueda ayudaros —dijo Bernard mostrando el medallón del Gran Maestre – era de mi señor y me lo dio en la prisión de París, si reconocéis su sello, sabréis que le pertenece a él.

            La visión de aquel medallón hizo que frey Tomás mostrara una ligera reacción de sorpresa o quizá eso le pareció a Bernard ya que el hombre no dejaba exteriorizar sus pensamientos.

            —Ahora, mientras tomo una decisión, considérese mi invitado, le darán un cuarto en el que podrá descansar y le comunicaré mi decisión cuando la tenga. Si lo desea le prepararán algo de comer y puede desplazarse libremente por la estancia.

            —Gracias -dijo Bernard —me iré a descansar, no me encuentro bien y creo que dormir me ayudará a recuperarme.

            Siguió a uno de los siervos que le había llevado todas sus pertenencias hasta uno de los cuartos que se encontraba en el primer piso. Era una estancia amplia pero sencilla, desde el gran ventanal podía observar el patio del recinto, una vez que su mirada superaba los muros veía el campo y un poco más lejos el bosque.