—Tengo algo de experiencia ya que en las encomiendas que he visitado en mi país hemos hecho lo mismo. Debes reunir todas las monedas que tengas, solo las de oro y las de plata, tú que conoces la encomienda piensa en los lugares en los que podríamos ocultarlos, los veremos los dos juntos y tomaremos la decisión de dónde lo ocultamos.

            —Pero hay mucho dinero, llevo casi un año sin traspasar nada a la persona que cada dos meses venía a recogerlo. Desde que nos enteramos de la muerte del Gran Maestre, no ha venido nadie por aquí, las salidas de dinero han sido escasas, pero los tributos se han seguido recogiendo, por lo que disponemos de miles de maravedís en oro.

            —Pues lo guardaremos todo, así quedará bien protegido y solo sabremos los dos donde se encuentra para cuando haga falta devolverlo a quienes les corresponde.

            Frey Tomás había estado meditando sobre los sitios en los que podían ocultar aquella fortuna. El lugar donde se encontraba en un arcón en su aposento era un sitio donde nunca había sufrido ningún percance, pero si como se temía, se apoderaban de la encomienda, tenía que estar en algún lugar donde nunca lo encontraran. La iglesia ofrecía numerosos lugares en donde poder ocultarlo y fueron los dos para ver cuál era el mejor sitio para que pasara desapercibido.

            Todos los sitios de la iglesia les parecían seguros, pero también pensaron que eran los primeros lugares en los que mirarían. De cada sitio que miraban, comentaban la seguridad que podía ofrecer, pero enseguida comenzaban a surgir las dudas sobre la conveniencia de ese sitio y lo iban descartando, así hasta que se quedaron sin ningún rincón donde les resultara seguro ocultarlo.

            La mejor opción que tenían era un altar de unos cuatro metros de alto y tres de ancho que había en una capilla lateral, no resultaría difícil soltarlo, volver de nuevo a fijarlo y dejarlo como si no se hubiera tocado.

            Fueron al aposento de frey Tomás donde el preceptor había apilado en montones unas bolsas de cuero, nada más verlas, Bernard se fijó en ellas imaginándose lo que contenían.

            —Hay veinte bolsas de maravedís de oro, dieciséis bolsas de ducados de oro y veintidós bolsas de doblas de plata; cada bolsa contiene unas mil monedas. Como puede ver, una fortuna suficiente para pagar un pequeño ejército que derroque a un rey —dijo frey Tomás.

            —O a un papa —aseguró Bernard.

            -O a un papa – afirmó frey Tomás.

            —Podremos apilarlas detrás del retablo y luego fijarlo de nuevo con fuerza.

            —¿Cuándo podremos hacerlo? —preguntó Bernard.

            —Tengo que buscar el momento idóneo para no levantar sospechas, habíamos pensado restaurar esa capilla, la familia que la construyó ha realizado una donación para que limpiáramos la humedad y pintáramos las paredes, será el momento idóneo para hacerlo. Les diré que retiren primero el altar y la noche antes de que lo vuelvan a colocar, dejaré apiladas las bolsas con las monedas, pero eso no será antes de diez días pues hay que cerrar la capilla y sacar de ella todas las cosas que puedan dañarse.

            —Pues esperaré —dijo Bernard —como le dije, dispongo de todo el tiempo que sea necesario.

            —Bueno, después de las últimas noticias, no podemos demorarnos, hay que actuar con rapidez, al menos usted, que debe visitar las encomiendas más importantes que hay en los reinos de Castilla y de León.