Otra de las fuentes de ingresos era la que proporcionaban las personas que se desplazaban continuamente por el reino y los peregrinos que por allí pasaban. Cuando alguien salía fuera de aquellas tierras depositaba una cantidad en la encomienda y recibía unas cartas que canjeaba en su lugar de destino por el importe que había depositado. Así se libraban de los salteadores de caminos y de los ladrones que les podían sustraer lo que llevaban. También, los peregrinos que frecuentemente cambiaban de reino, sobre todo los que provenían de lugares lejanos con sus letras de cambio, obtenían lo que necesitaban para proseguir su viaje hasta la siguiente encomienda; en estos casos siempre había unas comisiones que la Orden percibía por sus servicios.

            Al cuarto día vio que por el camino llegaba el preceptor al que estaba esperando, venía solo, lo que hizo que Bernard no se alarmara y al verle llegar salió a su encuentro.

            —Bienvenido —gritó Bernard.

            —Hola —respondió frey Tomás —¿se ha encontrado bien en nuestra casa?

            —Muy bien —dijo Bernard —no me ha dado tiempo a aburrirme y me han atendido exquisitamente.

            —Pues ahora cuando descanse un poco, si le parece después de comer, nos reunimos y hablamos, imagino que estará deseando conocer mi decisión —dijo frey Tomás.

            De nuevo comieron juntos, aunque Tomás no sacó en ningún momento la conversación que tanto esperaba oír Bernard. Le habló de generalidades, de cómo había sido su viaje y de lo que le cansaban estos desplazamientos. Cuando terminaron de comer, se retiraron al despacho de frey Tomás y se quedaron los dos solos.

            —Supongo —dijo frey Tomás —que habrá estado algo inquieto mientras yo estaba fuera. Lo que me ha venido a pedir no puedo consultarlo con nadie porque ahora nadie puede tomar una decisión. Se habrá pensado que había ido a delatarle y que haría que lo apresaran, pero lo cierto es  que me he ido porque quería estar solo y necesitaba pensar.

            —Tiene razón en sus deducciones, lo que dice es lo que ha pasado por mi mente en algún momento —confesó Bernard.

            —Si no lo hubiera hecho así, hubiera desconfiado de usted. Ya me han dicho que se ha estado informando de la organización que tenemos en la encomienda y se ha preocupado por saber cómo la gestionamos. También era necesario que averiguara esto, que le preocupaba como hacíamos las cosas, es una deformación profesional y si no lo hubiera hecho habría desconfiado. Me he retirado estos días a un monasterio para reflexionar qué es lo mejor, cuál es la decisión correcta y lo he hablado únicamente con el abad, él no tiene ninguna decisión sobre mis responsabilidades, pero es mi amigo y siempre he confiado en su buen juicio. Por eso le he contado todo en confesión y he dejado que Dios me hablara por sus labios. Mi amigo también conocía a su señor, años atrás estuvo en Tierra Santa y allí coincidió varias veces con él.

            —Me alegra saber que las personas que vayan a decidir o a influir sobre la decisión de esta encomienda, al menos, hayan tenido la suerte de conocer a mi señor, así su opinión será más justa si cabe —dijo Bernard.

            —Me han comunicado que el superior de la Orden en nuestro reino se ha visto obligado a ocultarse, el rey de Aragón ha ordenado apresar a todos los que tengan alguna relación con la Orden, no quería hacerlo, pero ha tenido que satisfacer los deseos del Papa que se encuentra presionando en todos los reinos de la cristiandad para que hagan lo mismo. Creo que en poco tiempo todos seremos sospechosos y correremos la misma suerte, por lo que estoy de acuerdo con lo que me has propuesto, es necesario que ocultemos y salvemos todo lo que podamos, pero no sé cómo tenemos que hacerlo –dijo frey Tomás.