Sin prisas, estuvo contemplando esta obra, era la hora de comer y el lugar se encontraba muy solitario, observó algún peregrino que había caminado con él y también se había quedado asombrado por la obra que ahora visitaban.

Se dirigió hasta la encomienda de Santa María y allí pidió acogida. Había pensado, antes de preguntar por el preceptor, observar primero el funcionamiento de este lugar e ir conociendo a las personas que allí se encontraban. El hospitalero que le dio acogida le indicó dónde podía dejar a la mula, había unas caballerizas para los animales en donde tendría paja y grano para alimentar al animal. A continuación le condujeron hasta un cuarto en el que había dispuestas seis camas para los peregrinos. Imaginó que estaría allí poco tiempo ya que cuando supieran quién era, le buscarían un alojamiento acorde con la condición del huésped que acababa de llegar, pero mientras esto ocurriera, deseaba ser un viajero anónimo como muchos que llegaban a aquel lugar.

Enseguida el cuarto se fue llenando de peregrinos, decidió agrupar las cosas de más valor en una de las alforjas y fue con ella a todos los lugares a los que se dirigía. El bordón lo dejó bajo la cama, creía que era lo más prudente para no llamar la atención.

Decidió también acercarse hasta un mesón para comer. Le sirvieron una sopa hecha con grasa, ajos y migas de pan que le resultó muy sabrosa y luego pidió un pollo que estaban asando en el horno. Por primera vez en muchos días le ofrecieron una jarra de vino que prefirió rechazar porque cuando veía el vino recordaba cómo le hizo perder el conocimiento en Lizarra. Después de comer se quedó sentado en el mesón observando a los que allí se encontraban. Predominaban los peregrinos y algunos viajeros que se habían desplazado hasta la encomienda para las gestiones que debían realizar.

El funcionamiento de la encomienda era el habitual en este tipo de instalaciones, no se apreciaba nada extraño y algunos de los que custodiaban el lugar eran caballeros de la orden. El trasiego de personas y mercancías era muy fluido, no solo llegaban grandes cantidades de productos, también algunos acudían hasta allí para proveerse de lo necesario para el funcionamiento de sus casas.

Se fijó en la sala donde algunos acudían con sus letras de cambio para proveerse de dinero; otros depositaban allí sus riquezas, estos eran principalmente comerciantes y viajeros que no deseaban desplazarse con cantidades importantes por temor a los salteadores de caminos.

También Bernard llevaba una letra de cambio por valor de treinta ducados y entró a cambiarla por dinero para comprobar si la encomienda seguía cumpliendo con las obligaciones que anteriormente había contraído. A pesar de ser una letra confeccionada seis meses antes, no tuvo ningún contratiempo para hacerla efectiva por dinero.

Observó a un hombre que parecía ser el que dirigía aquel lugar pues todos estaban pendientes de lo que decía en cada momento y se apresuraban a cumplir las órdenes que daba. Bernard se imaginó que sería Pedro ya que por la desenvoltura que tenía debía ser el responsable de la encomienda. Se dirigió hacia donde se encontraba.

—¿Es usted Pedro? —preguntó Bernard.

—El mismo, ¿nos conocemos?

—Me temo que no, aunque tenemos amigos comunes, vengo de parte de frey Tomás, he estado con él hace unos días en Abadin —respondió Bernard.

—¡Ah, mí buen amigo y maestro! Fue mi superior durante algunos años y aprendí mucho de él. ¿Cómo se encuentra el viejo zorro?