Cuando llegaron, uno de los criados que estaba en la puerta, enseguida reconoció a Rodrigo y daba la impresión que se alegraba de su visita.

—¡Señor Rodrigo! —dijo éste —sea bienvenido, voy a avisar a la señora que se alegrara de su visita.

—Hola Hernando, antes de avisar de mi llegada encárgate de los animales y de mi criado. Dale alguna cosa de comer y luego vas con él a enseñarle el pueblo, pero en dos horas estáis de vuelta pues debemos seguir nuestro viaje.

Bernard comió unas sopas hechas con pan y ajo con un sabor fuerte que le daba el pimentón que le habían añadido y cuando terminó se fue con Hernando hasta el centro del pueblo.

Las iglesias, los conventos y los palacios que iban viendo le confirmaban lo que Rodrigo le había dicho antes de llegar hasta aquel lugar.

—Es un pueblo muy importante —dijo Hernando —en estos palacios hay personas de gran alcurnia y el Rey viene de vez en cuando a ver a su madre, que es mi señora y a los nobles que viven en este lugar.

—Entonces, ¿Rodrigo ha ido a visitar a la madre del Rey? —preguntó Bernard.

—Sí, mi señora es muy amiga de sus padres, que son también nobles y siempre han apoyado a su hijo en las luchas fronterizas que solía haber en estas tierras.

—¿Hace mucho tiempo que lo conoces? —preguntó Hernando.

—No, —respondió Bernard —estoy a su servicio desde hace algo menos de un mes.

—Pues verás que es un amo muy bueno, siempre trata a sus siervos casi como personas —afirmó Hernando.

—Por lo que lo conozco, eso estoy observando, conmigo al menos se está portando muy bien.

—Contigo y con todos, no conozco a nadie que hable mal del señor.

Bernard pensó que aquel lugar era excelente para haber situado una de las encomiendas, era un pueblo rico y floreciente en el que si él tuviera la responsabilidad de la organización de la Orden, pensaría en él para que allí hubiera presencia de los suyos.

Después de hacer un recorrido por los lugares más interesantes del pueblo, regresaron al palacio y cuando estaban conversando en el corral, vieron salir por una de las puertas a Rodrigo. Se encontraba acompañado de una mujer que podía ser su madre, era esbelta y muy elegante, llevaba unos ropajes de alta alcurnia que la hacían muy distinguida.

Cuando se despidieron, Rodrigo besó su mano y se dirigió hasta el corral donde ya tenía preparado su caballo. Hernando sujetaba las riendas y una vez que se montó en él, salieron de la estancia guardando la distancia que le había aconsejado a Bernard.

La siguiente legua la hicieron en silencio, Bernard iba detrás de Rodrigo y poco a poco fue azuzando su mula hasta ponerse al lado del joven.

—Era una señora muy elegante y parecía tan altiva —comentó Bernard.

—Es la madre del Rey, ella vive aquí desde hace mucho tiempo, en el palacio de su familia, y en ocasiones recibe en él la visita de su hijo.

—He observado que la tratabas con mucha familiaridad. —Sí, somos familia lejana, pero ante todo somos buenos amigos. Esta tierra por la que estamos pasando durante muchos años ha sido frontera de los reinos de Castilla y de León. Algunas poblaciones se han ido alternando en los dos reinos, dependiendo cual fuera el rey que gobernara en cada uno de ellos.