El caballo de Rodrigo era negro como el azabache. Lo había adquirido su padre cuando estuvo en Tierra Santa. Se lo había comprado a un árabe al que le ofreció una importante suma de dinero por él. Desde que lo vio, pensó que sería un animal que, además de convertirse en su compañero de andanzas mientras estuviera fuera de su casa, lo convertiría en el mejor semental para la yeguada que tenía en su hacienda.

Era ya viejo, debía rondar los veinticinco años, aunque todavía mantenía ese vigor y la pureza de su raza que le hacían sobresalir sobre el resto de animales que se encontraban en la cuadra. En ocasiones, Rodrigo había pensado dejarle descansando en la hacienda que tenía en las tierras de León, ahora se cansaba con más frecuencia que antes. Pero le tenía tanto cariño que siempre que el animal percibía que se iba a marchar y se acercaba a él, terminaba por ensillarlo y dejaba en las cuadras a los descendientes que éste había tenido desde que su padre se lo regaló.

La herencia y la pureza de la raza estaban aseguradas ya que sus descendientes poseían el mismo brío y el nervio que su progenitor.

—Iremos juntos por el camino —le dijo a Bernard —y cuando veamos soldados o grupos grandes de personas, tú te pondrás unos metros más atrás, así no levantaremos sospechas.

No te preocupes, durante muchos años serví a mi señor y sé como tengo que actuar en cada momento – aseguró Bernard.

Pasaremos por algunos pueblos en los que me detendré a saludar a algunos amigos de la familia. También alguna noche dormiremos en casa de estos amigos y de los de mi padre, de no hacerlo levantaría sospechas porque si detectan mi presencia y no les hago una visita, se extrañarán de mi actuación.

Cuando llevaban recorrida poco más de una hora, llegaron a una importante población. Después de la ciudad de Burgos, quizá fuera el pueblo más importante por el que habían pasado. Desde lejos se le veía floreciente por las construcciones que se estaban haciendo y las torres de sus iglesias y de sus palacios delataban la importancia económica de este lugar.

—Estamos llegando a Carrión —dijo Rodrigo —pasaremos a visitar a doña María, que es una buena amiga de mis padres y seguramente me invitará a almorzar, por lo que continuaremos el viaje después de comer. Tú puedes dar un paseo por el pueblo y así vas conociendo los lugares por los que vamos pasando.

Llegaron hasta un importante palacio, el mayor de la población. En su interior debía vivir gente muy relevante como lo atestiguaban los blasones pétreos que había en la fachada.