Úrsula, la posadera, al ver llegar a Rodrigo le reconoció, apenas había hablado con él, pero le conocía de otras veces que se había alojado allí.

—Bienvenidos caballeros —dijo Úrsula —se van a quedar ustedes a dormir.

—Sí, prepárenos un cuarto con dos camas, que tenga vistas al río pues esos son más frescos.

—Le daré al señor el mismo que las dos últimas veces que estuvo aquí. ¿Quieren que les prepare algo para cenar?

—Sí —afirmó Rodrigo algo sorprendido porque la posadera se acordara tan bien de él sabiendo la habitación que utilizó en sus dos últimas visitas. —Para cenar, prepárenos esas truchas tan buenas que suelen hacer en el horno.

—Me han traído tres truchas y se las dejaré para ustedes, se las haré asadas y luego les añadiré unas salsas diferentes para que las prueben de las dos formas que solemos hacerlas aquí.

—Si son tan buenas como las que me hicieron antes de dejar el reino de Navarra, será una elección buena —dijo Bernard.

—No sé como serían aquellas, pero estoy seguro de que éstas le van a encantar, yo siempre que paso por aquí es lo que como, porque las elaboran de una manera exquisita.

Se acomodaron en el cuarto dejando allí sus pertenencias y bajaron al comedor donde ya había una mesa dispuesta para ellos en un lugar discreto y bien ventilado. En la mesa había una jarra de barro llena de vino y dos vasos.

Se sentaron y fueron bebiendo el vino, mientras, Úrsula les puso sobre la mesa una hogaza de pan y una fuente con embutidos de cerdo.

—Son de casa, de toda confianza, hacemos la matanza y los curamos en la bodega, a ver si les gusta.

—Seguro que sí —dijo Rodrigo —yo ya los he probado en ocasiones anteriores y estoy convencido que a mi amigo también le van a gustar.

Bernard alabó la curación y los ingredientes que tenía el embutido. Todo resultaba de su agrado, sobre todo un chorizo que contenía una gran cantidad de pimentón y que le pareció muy agradable al paladar a pesar de su fuerte sabor.

Como le había asegurado Rodrigo, las truchas también estaban muy bien cocinadas y la cena y el lugar resultaron muy agradables, tanto que prolongaron en el patio la tertulia un buen rato mientras tomaban unas copas de aguardiente.

—Mañana llegaremos a la ciudad de León —dijo el joven —quería consultarte si podemos detenernos allí un par de días.

—Como tú digas, supongo que tendrás tus razones para hacerlo —le dijo Bernard.

—Llevo fuera de casa muchos días, cuando me dijeron que me encontrara contigo estaba realizando otra misión y llevo mucho tiempo sin ver a mi familia, así, la conocerás y te presentaré a mi padre, que es un hombre mayor, pero es muy respetado en todo el reino.

—Me encantará conocerles, total, un par de días más tampoco va a alterar en exceso nuestros planes.

—Podré enseñarte la ciudad, es un lugar muy próspero y, quién sabe, quizá tengamos la oportunidad de estar con el Rey.

—Como tú digas, pero solo te pido que mi identidad no la reveles a nadie, únicamente a las personas que sean de tu entera confianza.