—Mi padre creo que debe saberlo, él también estuvo en Tierra Santa y a su regreso fue uno de los principales promotores que tuvo la Orden en nuestras tierras.

Continuaron hablando sobre lo que les habían deparado las jornadas que llevaban juntos y sobre lo diferentes que eran estas tierras a las que Bernard había recorrido desde que salió de su ciudad.

Cuando ya había anochecido, comenzó a refrescar, aunque ellos apenas lo notaban ya que el licor que habían estado bebiendo era muy fuerte y había calentado en exceso sus cuerpos por dentro. Se fueron al cuarto algo mareados por el efecto que les había causado.

—Dices que lo que nos han servido se llama aguardiente —comentó Bernard mientras se metía en la cama y notaba que su cabeza comenzaba a darle vueltas.

—Sí, está hecho con los pellejos de las uvas que se destilan y extrae de ellos todo el alcohol y el azúcar que llevan el fruto.

—Pues está muy bueno, habrá que tomarlo más a menudo porque consigue animarnos bastante.

No tuvieron mucha prisa en levantarse, esperaron a que el sol entrara por la ventana y cuando el joven le dijo que ya era hora de comenzar su camino, Bernard se encontraba en uno de los sueños mejores que había tenido durante toda la noche.

Se encontraba tan mareado que apenas pudo probar un bocado, le dijo al joven que él prefería comer algo a media mañana, cuando ya se le hubieran pasado todos los efectos del alcohol que aún quedaban en su cuerpo.

Cuando tenían a la vista las imponentes torres de la catedral, se detuvieron en una taberna donde hicieron un descanso y comieron algo que enseguida agradecieron sus estómagos. Rodrigo quería llegar a su casa a la hora de comer, se le notaba ansioso por encontrarse con los suyos.

La ciudad, como le había comentado el joven, parecía muy próspera, las construcciones se estaban realizando en todos los lugares, aunque lo que más llamó la atención de Bernard fue la grandiosidad de su catedral, que había sido terminada recientemente y ya ofrecía el culto a los fieles de la ciudad.

Por todas las calles por las que pasaron la actividad era constante. A su paso, el joven se detenía para hablar con unos y otros y se apreciaba que era una persona muy popular y conocida.

Pronto llegaron hasta un palacio de piedra que el joven le dijo que era la casa en la que se había criado. Allí vivían sus padres y, desde que se casó, también residía él con su mujer y dos hijos fruto de su matrimonio. Se detuvieron en la puerta y enseguida un criado llamó la atención de todos los que se encontraban en el interior de la casa.

—¡Amo Rodrigo! —Gritó el siervo —ha llegado el amo Rodrigo.

Al escuchar ese nombre, pronto se armó un revuelo en el palacio y comenzaron a salir siervos y residentes del interior. Una de las primeras en salir fue Elvira, la mujer de Rodrigo, que al verle se abrazó a él besándole con fuerza en los labios.

—Amor mío, cuánto te he echado de menos —dijo ella.

—Yo también, tenía que haber estado de vuelta hace unos días, pero me encargaron una misión que no podía demorarse.

Dos de los criados tomaron las riendas del caballo y de la mula y los condujeron hasta las caballerizas. Al escuchar el revuelo, también salieron dos niños que fueron corriendo hacia Rodrigo y se abalanzaron agarrándole del cuello. Eran sus hijos, Leonor de seis años y Ordoño de cuatro.