La brisa que procedía del agua fue refrescando la mente de Bernard, que se encontraba absorta reviviendo todos los sucesos que le habían ocurrido durante los últimos meses. Durante toda su vida, que consideraba muy intensa, no le habían ocurrido tantas cosas en tan poco tiempo. Estas experiencias le habían vuelto más fuerte de lo que era un año antes y le habían convertido en alguien muy precavido, tal vez se había hecho demasiado zafio, sobre todo con aquellas situaciones y personas que no conocía.

Se había tumbado al lado de un remanso que hacía el río, donde había un terreno con una hierba verde muy suave, se habría pasado allí toda la noche contemplando una de las fachadas del castillo. Hacía mucho tiempo que no se encontraba tan relajado y tan tranquilo como estaba en ese momento.

La cercanía del sol con el horizonte le hizo pensar que las horas habían transcurrido mucho mas rápido de lo que pensaba y sería ya la hora en la que había quedado con el maestre para cenar, por lo que se levantó y con paso ágil se dirigió hacia la fortaleza.

Cuando entró en la gran sala donde los caballeros solían cenar, se encontraba llena de gente. Había al menos veinte personas sentadas alrededor de la gran mesa y solo vio tres asientos libres, uno se encontraba a la derecha de Roberto. Al verle entrar, el maestre le hizo un gesto para que fuera a sentarse a su lado.

—Se me ha pasado el tiempo casi sin darme cuenta —se excusó Bernard.

-No te preocupes, creo que todos nos merecemos en ocasiones un buen descanso y no cabe duda que tú te lo has ganado.

Antes de sentarse, entraron las dos personas que faltaban para completar la mesa, daba la impresión que no tenían mucha prisa ya que caminaban con mucha calma y hablaban y gesticulaban como si estuvieran discutiendo algo de gran importancia.

—Amigos —dijo Roberto —nos acompaña esta noche un buen amigo de una persona que la mayoría de nosotros conocemos y que es muy querida por todos, es Bernard, que se encuentra peregrinando a Santiago, se ha detenido aquí para hacerme una visita y traerme recuerdos de ese amigo común.

Todos se quedaron pensando quién sería esa enigmática persona a la que Roberto aludía, aunque nadie se atrevió a preguntarlo.

—Creo que no ha sido la mejor presentación para tratar de pasar desapercibido como habíamos comentado —dijo Bernard.

—Tengo mis motivos —se justificó Roberto —quería que se fijaran bien en ti, estoy convencido que con alguno de ellos tendrás que verte más adelante, quiero que te recuerden, es posible que en alguna ocasión tengas que recurrir a alguno de ellos y seguro que cuando lo hagas ellos te reconocerán.