La cena resultó muy amena, Roberto estuvo informando de forma somera sobre las impresiones que tenía después de la reunión con el Rey, les fue advirtiendo de los tiempos tan difíciles que se avecinaban para ellos y les dijo que debían estar preparados para afrontar todo lo que les esperaba.

Algunos de los presentes tomaron la palabra y dijeron pequeños discursos en los que las palabras honor, valor y lealtad eran las que más se repetían por cada uno de los intervinientes.

Cuando los ánimos estaban ya un tanto excitados, Roberto volvió a tomar de nuevo la palabra haciendo que los grupos de conversación improvisada que se habían ido formando se callaran para escuchar lo que su líder les iba a decir.

—Tenemos que ir por delante de los acontecimientos, los próximos meses van a ser decisivos para nosotros; por eso, todo lo que vamos a hacer, será por el bien de la Orden y aunque no puedo adelantaros más por el momento, solo os pido que ahora más que nunca debéis confiar en mí y en las decisiones que debo adoptar, alguna de las cuales puede no ser bien entendida.

Todos asintieron con la cabeza y algunos incluso exclamaron: -¡Te seguiremos hasta el fin!

Cuando terminaron la cena, Roberto se retiró a uno de los cuartos contiguos con Bernard y Ordoño para estar solos. Le dijo al preceptor de Ponferrada que llamara a los colegas suyos que estaban en la sala. Se encontraban presentes los preceptores de las encomiendas de Medina del Campo, Zamora, Ciudad Rodrigo y Amoeiro, que habían llegado ese día a la ciudad y se encontraban con el resto de los comensales.

Cuando estuvieron todos reunidos en el cuarto, Roberto les fue sirviendo una copa de aguardiente y cuando todos estuvieron servidos comenzó a hablar.

—Os he presentado a Bernard como a un peregrino, pero en realidad es uno de nuestros hombres que viene cumpliendo una misión muy especial y ahora la va a finalizar en nuestro Reino. El resultado de sus gestiones puede ser vital para nosotros y para el futuro de la Orden. Debéis hacer al pie de la letra lo que él os diga cuando vaya a visitaros y si tiene algún problema, os pido que le prestéis la ayuda que él os solicite, sin ningún tipo de reservas. Sabed que actúa en mí nombre y es como si lo que él os pida os lo demandara yo mismo.

—No puedes ser más explicito —dijo el preceptor de Medina del Campo.

—De momento no es conveniente, cada cosa a su tiempo —dijo Roberto —también quiero que a vuestros compañeros de las encomiendas cercanas a la vuestra, con los que estáis en contacto, les aviséis de la llegada de una persona que actuará en mi nombre y deben hacer al pie de la letra lo que él les diga.

Todos juraron que cumplirían sus deseos y harían lo que él les pedía, aunque se quedaron algo pensativos sobre qué era lo que debían hacer y por qué su maestre no podía ser algo más explicito ya que conocía de sobra la discreción de cada uno de ellos.

Roberto les pidió a los cuatro que se retiraran a la gran sala ya que debía ultimar algunas cosas con Bernard y Ordoño.

—¿Tienes todo preparado? —preguntó al preceptor cuando se quedaron solos.

Ordoño se levantó, cogió una bolsa de cuero que había sobre la mesa, se volvió a sentar y fue sacando algunos pergaminos y documentos que se encontraban en su interior. —Esta es la lista de todas las encomiendas que hay en el Reino —dijo Ordoño mientras la desplegaba —aquí están detallados los nombres de los preceptores de cada una de ellas y la persona que estaba encargada de visitar a cada una de ellas.