De todas tengo los datos que me has pedido, solo me faltan los de Tábara y Mayorga, porque aún no me los han pasado, también te detallo cómo se encontraban las cuentas en la última visita que se les hizo. Espero tener esta información que me falta para mañana o como mucho a lo largo de esta semana y en el momento que tenga esos datos, te los daré. Estos son los documentos dirigidos a cada uno de los preceptores en los que el maestre ordena que se haga todo lo que dice el portador del documento ya que actúa en su nombre.

—¿Cuántas encomiendas son? —preguntó Bernard al ver el grosor que tenía el fajo de documentos.

—Contando ésta en la que nos encontramos, en total son veintiuna las que tenemos asignadas —dijo Ordoño.

—¡Veintiuna! —Exclamó Bernard —son demasiadas.

—Sí, pero algunas están muy cercanas una de otra —comentó Roberto.

—Pero siguen siendo muchas, bastantes más de las que yo pensaba, me va a llevar casi un año reunirme con todas —dijo Bernard.

—Tú verás si deseas cambiar tu propuesta inicial y deseas que te asigne más hombres para que te ayuden —propuso Roberto.

—No, creo que cuanto más se conozca nuestro proyecto, más peligro tiene de que fracase —expuso Bernard. ¿De cuánto tiempo crees que contaremos para actuar sin interferencias?

—No creo que dispongamos de más de seis meses —sentenció Roberto.

—Déjame pensar —dijo Bernard mientras observaba la relación de las encomiendas – son veintiuna, menos esta en la que nos encontramos veinte, hay ocho que están al oeste y doce se encuentran al sur. Lo único que se me ocurre para hacerlo en menos tiempo es que antes de partir deje esta encomienda resuelta y depositemos nuestra confianza en Rodrigo, él se hará cargo de las que se encuentran en tierras gallegas y yo me encargaré de visitar todas las demás. De esta forma en ese plazo creo que podríamos tener todo a buen recaudo.

—Me parece una buena idea, además, Rodrigo es un hombre muy capaz y si tú le aleccionas, seguro que hará el trabajo a la perfección, podemos confiar plenamente en él —dijo Roberto.

—Entonces no se hable más, en dos o tres días con Ordoño dejamos a buen recaudo lo que hay en esta encomienda y, cuanto antes, salgo para León para comunicarle a Rodrigo su nueva misión y ponernos a trabajar.

—Disponlo así y si tienes algún contratiempo me lo haces saber para solucionarlo —dijo Roberto.

—Quería pedirte una cosa a nivel personal —comentó Bernard.

—Si está en mi mano, sabes que puedes contar con ello —le dijo Roberto.

-Tengo un hijo pequeño que se encuentra al cuidado de los monjes de Roncesvalles. Ellos no tienen ninguna noticia mía desde hace meses que yo salí de allí, quedé con el prior en hacerle llegar algún mensaje poniéndole al corriente de mi situación y sobre cuándo iría a hacerme cargo de mi hijo. He pensado en varias ocasiones enviarle algún mensaje con algún viajero de confianza que se dirigiera hacia allí, pero no he encontrado a la persona idónea con quien hacerlo y tampoco quería arriesgarme a hacerlo con cualquiera para que no cayera en manos inadecuadas y delatara mi presencia.

Como por este lugar pasan muchas personas que regresan a sus hogares, si encuentras a esa persona que te inspire confianza, mándales una nota en mi nombre explicándole mi situación y cómo me veo obligado a alterar mis planes.

-Creo – dijo Roberto – que tu misión es muy importante para que nos arriesguemos a enviar una nota que pueda ser interceptada. Lo que haré será enviar a uno de nuestros hombres para que vaya hasta allí y le dé personalmente y de palabra ese mensaje. Será más prudente y mucho más seguro.

-Gracias – dijo Bernard – creo que sabes muy bien cómo hacer las cosas y lo que propones es más conveniente y seguro.

Cuando Bernard regresó a la gran sala llamó aparte al preceptor de Amoeiro para decirle que las encomiendas que se encontraban al oeste serían visitadas por una persona de su confianza en lugar de ser él quien se encargara de hacerlo, por lo que le prestara toda su ayuda y lo transmitiera a los preceptores con los que tuviera un contacto directo y personal.

Fin del Capítulo XXIX