Pensó en la suerte que estaba teniendo al conocer a personas como sus anfitriones, los cuales hacían que su estancia y su misión estuviera resultando mucho más cómoda y fácil de lo que él esperaba.

Esa noche vino a la mente de Bernard el recuerdo de Marie y de su hijo Ramiro. Al ver la familia de Rodrigo, había pensado en ellos en varias ocasiones: “¡qué feliz podría ser si estuviera en compañía de mi fiel Marie!”, y, sobre todo, en quien más pensaba era en el pequeño Ramirín, del que se estaba perdiendo su crecimiento. Confiaba y estaba seguro de que el monje y el prior se volcarían en su educación, pero deseaba mucho volver a tenerlo a su lado y hacerse cargo de esos primeros recuerdos tan vitales para el desarrollo infantil. Deseaba que su misión definitivamente estuviera llegando a su fin y muy pronto pudiera hacerse cargo del pequeño.

El efecto de la abundante cena, del licor que había ingerido y el recuerdo de sus seres queridos hicieron que en su mente se fueran sucediendo las imágenes, especialmente aquellas terribles del paso de los Pirineos, que hicieron que en varias ocasiones se despertara sobresaltado y no durmiera bien durante toda la noche.

Dos horas antes de que el alba comenzara a hacerse visible, Bernard ya se encontraba levantado, estaba ojeando un manuscrito que había en una repisa de la estancia y de esta forma vio como amanecía un nuevo día.

Oyó como Rodrigo llamaba a la puerta de su cuarto y le decía que le esperaba en el comedor para desayunar y comenzar a ejercer de anfitrión enseñándole la ciudad.

Fueron en primer lugar a la Plaza Mayor, allí, en una gran casa de piedra donde destacaba el pendón con el símbolo de la Orden en la fachada, había en la puerta varios caballeros que por su vestimenta se identificaban como caballeros de la orden.

            Al ver llegar a Rodrigo, le saludaron de una forma efusiva y éste, les presentó a Bernard como su invitado y como un buen amigo.

En las dependencias de la gran casa había al menos dos docenas de caballeros; la mayoría, como Rodrigo, eran jóvenes y todos saludaron con mucho respeto a los recién llegados.

Después de mostrarle todas las estancias de la sede de la orden, donde incluso visitaron las cuadras y el patio exterior, que era el lugar preferido de los que allí se encontraban ya que pasaban la mayor parte de su tiempo, salieron de la casa y por unas callejuelas empedradas llegaron hasta la mayor construcción de la ciudad: su catedral.

Su majestuosidad impresionó a Bernard, estaba siguiendo los cánones de las nuevas construcciones que se estaban realizando en Francia, con unas naves tan elevadas que parecían perderse en el cielo, las paredes estaban decoradas con unos hermosos cristales que dejaban pasar a través de ellos la luz del sol que iluminaba por completo el interior del templo.

A Bernard le resultó muy agradable esta visita y lo que le explicaron sobre las dificultades técnicas que habían tenido durante su construcción.

Rodrigo no quería atosigarle con todo lo que deseaba mostrar a su amigo, contaban con días suficientes para ver cada cosa con la calma que requería. Como también deseaba enseñarle las costumbres de los que habitaban la ciudad, se acercaron a una taberna muy concurrida donde les sirvieron una jarra de vino y una carne muy seca que llamaban cecina. Según le explicó Rodrigo, ésta se secaba cerca de la chimenea y por eso mantenía un ligero sabor a humo.