—No es necesario un informe después de cada una de las gestiones que hagas en las encomiendas, tampoco creo que sería práctico ni seguro. Cuantas más veces nos vean reunirnos, más especulaciones habrá sobre la relación y los asuntos que estamos manteniendo. Sería suficiente que al final de tu cometido me entregues un informe detallado y me expliques personalmente las particularidades de cada una de las encomiendas.

—Entonces le voy a proponer cómo creo que debería actuar de ahora en adelante hasta finalizar mi trabajo. Se encargará de que me proporcionen una relación de todas las encomiendas del Reino que debo visitar, me detallarán el nombre de cada preceptor y los datos que dispongan de él, quién fue la última persona de la Orden que le visitó y cuáles eran las cuentas de esa última visita.

—Esta tarde lo tendrás preparado, le encargaré a Ordoño que lo haga y me lo entregue cuanto antes —dijo Roberto.

—Como no es necesario que permanezca en un sitio concreto, ya que si estoy entrando y saliendo de la fortaleza, tarde o temprano acabarán desconfiando de mí, es más seguro que permanezca alejado de este lugar. Si te parece bien, estableceré el centro de operaciones en la finca de Sancho. Allí estaré más tranquilo y pasaré mucho más desapercibido, sin temor a que puedan interceptar la misión que estamos llevando a cabo, pues si han puesto espías para que observen nuestros movimientos, éstos se encontrarán merodeando por el castillo.

—Me parece muy acertada y lógica tu propuesta y la apruebo —dijo Roberto. —¿Cuántos hombres vas a necesitar para que te acompañen y te protejan?

—Solo deseo que Rodrigo me sea asignado a esta misión y esté a mi disposición para los días que necesite que me acompañe. La mayoría de las visitas las haré solo, pero siempre puede haber algún preceptor más reacio y desconfiado y sólo en estas situaciones le pediré que me acompañe —propuso Bernard.

—De nuevo vuelvo a estar de acuerdo contigo, creo que ha sido la mejor elección haber pensado en ti para este cometido y ha sido una bendición que el destino te haya puesto en nuestro camino —aseguró el maestre —¿necesitas alguna cosa más?

—Quiero que expidas un documento dirigido a cada uno de los preceptores firmado por ti para que sepan que voy de tu parte y que mis palabras y mis propuestas han salido de tu boca. Luego, personalmente, me encargaré de destruir cada uno de esos documentos para no dejar ninguna pista.

—Los tendrás esta tarde, con la relación de las encomiendas. ¿Cuánto necesitas para los gastos que puedas tener? —preguntó Roberto.

—No me hace falta nada —dijo Bernard —dispongo de medios que pertenecen a la Orden y tengo dinero suficiente para esta misión que me encargas.

—Pues si se te ocurre alguna cosa más, me la comentas cuando nos veamos para cenar, entonces tendré preparado todo lo que me has pedido. Ahora, mientras hablo con Ordoño para que vaya preparando todo, te dejo para que conozcas la ciudad, si deseas que alguien te acompañe, me lo haces saber.

—No es necesario, prefiero pasear solo y disponer de tiempo para poder pensar. Me iré junto al río y estaré un rato allí escuchando el fluir de las aguas —dijo Bernard.

Te espero a las nueve para cenar y como habrá más hombres de nuestro bando, te los iré presentando para que te conozcan —propuso Roberto.

Es mejor que no me presentes como quién soy o lo que represento, si en algún momento lo haces, puedes decir que soy un peregrino que ha traído recuerdos de un amigo común, es mejor y más conveniente seguir pasando desapercibido —dijo Bernard.

—Es cierto, no había pensado en ello, de ahora en adelante, serás uno más de los muchos peregrinos que se dirigen a Compostela.

Fin del capítulo XXVIII