Sancho y Roberto observaron cómo los dos hombres en los que habían depositado muchas de las esperanzas de la Orden se alejaban juntos en dirección a la ciudad. Allí se separarían sus caminos y cada uno se dirigiría en una dirección para cumplir la misión que tenían encomendada.

Cuando llegaron a León se detuvieron en la taberna a la que tanto les gustaba ir cuando Bernard estuvo unos días en la ciudad. Decidieron entrar para comer un bocado y brindar por el éxito de lo que estaban a punto de hacer.

Se dieron un gran abrazo y quedaron en volver a verse de nuevo antes de tres meses en la finca, ahora solo se desearon suerte y cada uno tomó un rumbo diferente.

Rodrigo iría en primer lugar a la encomienda de Villapalmar, era la primera que le había asignado Bernard y a él también le pareció muy acertada esta elección porque era bueno comenzar con buen pie, al preceptor de esta encomienda le conocía desde hacía varios años ya que en alguna ocasión tuvo que desplazarse hasta la encomienda y también le recordaba de las veces que coincidieron en Ponferrada.

Cómo había previsto, resultó más sencillo de lo que pensaba y el preceptor al ver todos los documentos y los informes que Rodrigo portaba, no puso ningún impedimento para cumplir todas las órdenes que el joven llevaba.

Siguiendo las instrucciones que Bernard le había dado, una vez que ocultaron los bienes poniéndolos a buen recaudo, Rodrigo guardó en el cofre con los bienes todos los documentos que llevaba relativos a esa encomienda, así como la información que se disponía de ella. De esa forma quedaría todo oculto hasta que las circunstancias cambiaran y pudieran regresar a recogerlas y a restablecer la normalidad en aquel lugar.

La siguiente encomienda que debía visitar se encontraba en tierras gallegas, era la de Amoeiro, cuyo preceptor ya estaba al corriente de su visita como se lo habían comunicado cuando estuvo con Bernard en la fortaleza.

El terreno por el que ahora debía pasar Rodrigo fue cambiando de forma muy importante. Tuvo que superar los montes que separaban las dos comarcas de su Reino y la orografía y la vegetación dieron un cambio muy considerable, los robles y los castaños eran los árboles que más abundaban en aquellos bosques por los que ahora iba desplazándose.

Apenas pasó por poblaciones importantes, solo vio infinidad de pequeñas aldeas que estaban conformadas por un puñado de casas aisladas en medio de los montes que ahora eran continuos.

En varias ocasiones, al no encontrar ninguna posada en la que poder dormir, tuvo que negociar con los paisanos el precio de una cama y comida ya que había momentos en los que la noche se le echaba encima y la oscuridad hacía que los caminos o senderos por los que iba desaparecían por completo.