Los primeros días, hasta que se fue acostumbrando a la espesa niebla, llegó a perderse en varias ocasiones. Una de las noches tuvo que pasarla en medio de un bosque,  tuvo que detenerse a dormir porque no podía ni orientarse a través de las estrellas debido a la oscuridad reinante y al espesor de la niebla que había ido descendiendo hasta cubrir todos los arbustos y los árboles del bosque a los que llegaba a conferir un aspecto un tanto fantasmagórico.

Tardó más de una semana en llegar a la segunda encomienda. La distancia entre estos dos lugares era uno de los mayores que había previsto que tendría que recorrer por unos parajes bastante inhóspitos y desiertos; había días en los que apenas se encontraba con nadie.

Cuando por fin llegó a la encomienda, al identificarse, el preceptor le dijo que ya estaba esperándole desde que en Ponferrada le comunicaron su llegada, por fin podía satisfacer su curiosidad sobre la identidad y encargo de Bernard ya que seguía con las dudas con las que el maestre les dejó a los que se encontraban en aquel comedor.

Rodrigo le informó de los motivos por los que estaba allí y de las órdenes que llevaba del maestre, el preceptor no puso ninguna objeción y fue muy diligente mostrándole los lugares más idóneos en los que según a él le parecía podía pasar más desapercibido lo que ocultaran.

Trató de convencerle para que se quedara unos días descansando en la encomienda, así podría reponerse del largo viaje que acababa de hacer, pero Rodrigo le aseguró que contaba con muy poco tiempo para hacer todas las visitas que tenía por delante y debía partir cuanto antes pues ahora el tiempo iba corriendo en contra de los intereses de la Orden.

El preceptor le dijo a Rodrigo que había estado con sus colegas de Monforte de Lemos y de Coya a los que les había puesto al corriente de su llegada y seguramente éstos lo habrían comentado con los responsables de las encomiendas que tenían próximas, por lo que también estarían avisados de su llegada.

Después de hacer las anotaciones precisas sobre el lugar donde había ocultado los bienes de aquella encomienda de tal forma que solo él pudiera entenderlo, continuó cabalgando hacia el oeste. Ahora el terreno se iba suavizando un poco más y no presentaba las dificultades que había tenido días atrás. También la vegetación estaba cambiando y los bosques ya no eran tan frondosos dejando algunos espacios más abiertos en los que había verdes prados en alguno de los cuales se detuvo más de una vez para descansar, mientras él permanecía tumbado sobre la acolchada hierba, su caballo daba algunos bocados a aquel pasto tan fresco y nutritivo.

Cuando llevaba cuatro días de camino desde que salió de Amoeiro, una tarde que se encontraba en lo alto de un monte, creyó ver a lo lejos un espejismo. En el horizonte veía una gran llanura de un color azul intenso. El terreno no presentaba ninguna ondulación y por momentos creyó estar soñando o sufrir una alucinación.

Según se iba acercando se fue dando cuenta de lo que ocurría, estaba llegando al mar, allí era donde la tierra se terminaba y comenzaba esa gran masa que formaba el mar de las tinieblas del que no se conocía su fin.

Rodrigo había contemplado una vez el mar, fue cuando acompañó a su señor al norte, con motivo de una visita que hicieron al Rey cuando éste se encontraba en la ciudad de Oviedo.

Fue acercándose a la masa de agua llegando a una amplia bahía. Para él, acostumbrado a las amplias llanuras castellanas y a los montes leoneses, aquel remanso que hacía el agua le resultó al principio extraño, aunque luego fue sintiendo cómo le iba relajando.