La encomienda de Coya estaba en un lugar muy estratégico para los peregrinos que procedentes de Portugal se dirigían a mostrar sus respetos ante los restos del discípulo del maestro.

El preceptor ya estaba avisado de la llegada de un caballero de la orden al que debía obedecer en todo lo que le ordenara, pero al conocer en detalle las órdenes que éste traía, se mostró al principio un tanto reacio a dejar a aquel joven todos los bienes que estaban a su custodia. Rodrigo supo cómo convencerle al decirle que seguirían bajo su protección ya que no se moverían de aquel lugar, continuarían ocultos y si ninguno de los dos revelaba el lugar en el que los habían escondido nadie sabría nunca donde localizarlos.

Fue entonces cuando el preceptor se mostró más receptivo a cumplir todo lo que Rodrigo le estaba proponiendo.

Siguiendo las recomendaciones que le había dado el preceptor, las dos siguientes visitas que debía hacer se encontraban en poblaciones de la costa, por lo que en lugar de buscar caminos interiores por los que podía llegar a perderse, lo mejor era que siguiera junto a la mar y de esa forma llegaría hasta la siguiente encomienda que se encontraba en Faro.

Le llamó poderosamente la atención las costumbres de aquellas gentes que vivían en los pueblos bañados por la mar y con su afán de ir adquiriendo conocimientos nuevos, en varias ocasiones se detuvo a conversar con los pescadores interesándose por la forma en la que se ganaban la vida con sus pequeños barcos movidos por el viento que azotaba una vela sujeta a un gran palo que había en medio de la embarcación.

También fue una novedad para él comer los diferentes pescados que le iban ofreciendo en las posadas en las que se detenía. Estaba acostumbrado a las truchas que se pescaban en los ríos de su tierra, pero éstos le sabían mucho más sabrosos, la carne era mucho más dura y con más sabor.

En algunas ocasiones se atrevió a probar los cangrejos que se pescaban entre las rocas de los acantilados. Se los servían cocidos simplemente en agua de la mar o asados a la brasa, pero de cualquiera de las formas la carne resultaba muy jugosa, se fue acostumbrando a su sabor y siempre que tenía la oportunidad de comerlos pedía que se los sirvieran, porque cuando estuviera en su tierra no podría comerlos tan frescos como aquí se los servían.

Lo que no llegó a gustarle era el vino que le servían  en las posadas, “¡qué diferente era al que producían sus cepas!”. Este vino era agrio y bastante desagradable para su paladar, por lo que en las comidas, frecuentemente, bebía agua; también en su camino había sustituido el vino con el que llenaba su calabaza por agua fresca que cogía de las fuentes y de los manantiales.

Lo que más admiró a Rodrigo esos días que estuvo caminando junto a la mar, fueron los ocasos que se producían la mayoría de los días. Cuando el sol rozaba la línea del horizonte, fundía de color unas veces anaranjado y otras de un rojo muy intenso toda la masa de agua que cubría lo que sus ojos alcanzaban a ver.

Casi tardó una semana en llegar hasta la encomienda de Faro, que se encontraba al norte de la costa. El preceptor era un joven que había sucedido a su padre en las tareas que éste tenía encomendadas desde que falleció un mes antes.

Cuando Rodrigo le puso al corriente de la situación en la que se encontraba la Orden y los peligros que corría, el joven comprendió enseguida el problema que tenían y se puso a disposición de Rodrigo, haciendo lo que le iba ordenando y en dos días dejaron resguardados los bienes de esta encomienda.