Cuando llegaron a la encomienda casi había anochecido, los dos preceptores se dieron un fraternal abrazo, eran muy amigos ya que se conocían desde hacía bastante tiempo.

Carlos fue quien hizo de anfitrión y mientras seguía sujetando a su amigo Alfonso poniendo la mano en su hombro, le condujo hasta donde estaba Rodrigo que todavía no se había apeado del caballo.

—Este es Rodrigo, viene desde Ponferrada y está recorriendo todas las encomiendas con una misión especial que viene directamente del maestre Roberto —comentó Carlos.

—Seas bienvenido a esta encomienda —le dijo Alfonso —vamos a guardar los caballos en la cuadra y venid los dos a cenar; que ya tendréis hambre.

—Un poco —dijo Carlos —desde la comida no hemos probado bocado y ya han pasado casi ocho horas; pero queríamos llegar hoy hasta aquí y por eso no hemos querido detenernos.

—Pues la cena está preparada —dijo Alfonso —mejor es que demos cuenta de ella antes de que se enfríe.

Mientras uno de los criados guardaba los caballos en la cuadra, otros dos cogieron las pertenencias que llevaban los recién llegados para llevarlas a uno de los cuartos; mientras, los tres hombres entraron al comedor dispuestos a dar buena cuenta de la cena que había sobre la mesa.

Rodrigo, mientras iban cenando, le puso al corriente del motivo por el que se encontraba allí, Alfonso escuchaba con mucha atención cuanto el joven le estaba diciendo y le interrumpía cada vez que no le gustaba alguna cosa de las que estaba diciendo.

—El caso es que soy el responsable de todos los bienes y debo protegerlos si fuera necesario hasta con mi vida —sentenció Alfonso.

—Y vas a seguir siendo el guardián de todo ello —le aseguró Rodrigo —comprendería tus reticencias si te propusiera llevármelo de aquí, pero se van a quedar en este lugar y seguirás siendo el custodio de los mismos.

—No sé —murmuró Alfonso. —¿Tú qué opinas? —le preguntó a Carlos.

—No he tenido ninguna duda en cumplir todo lo que me ha pedido, además, este joven es el hijo de Sancho Ramírez y para mí eso es una garantía. Como él te está diciendo, solo vas a cambiarlos de sitio, pero seguirás siendo tú quien siga custodiando todo como lo estás haciendo hasta ahora —dijo Carlos.

—Es muy importante, yo diría que vital, que el poder económico que tenemos no caiga en manos de nuestros enemigos, que son los que han provocado esta situación —dijo Rodrigo.

—Está bien —comentó Alfonso —pensaré durante toda la noche dónde podemos ocultar todo lo que hay en la encomienda y mañana veremos esos lugares para que elijas el más idóneo.

Al día siguiente, mientras Rodrigo y Alfonso comprobaban los mejores lugares para ocultar el cofre de madera en el que Alfonso había depositado todo, Carlos quiso dejarles solos y se fue hasta un monasterio que había a unas leguas de allí. Cuando regresó por la tarde, le confirmaron que los bienes de la encomienda ya estaban a buen recaudo. Pasaron el resto de la tarde los tres juntos conversando y bebiendo unas botellas de licor que hacían los monjes del monasterio vecino.

A la mañana siguiente, Rodrigo se despidió de los preceptores y continuó ahora solo su viaje, debía llegar hasta la encomienda de Neira dos Caballeiros.

Como se temía, en numerosas ocasiones se equivocó de camino y cada vez que veía a algún labrador haciendo las faenas del campo le preguntaba si iba en la buena dirección,  en varias ocasiones tuvo que darse la vuelta y en otras debió atravesar algunas tierras para retomar el camino bueno.