—Era tanta la gente que pasaba a ver a mi padre, que no recuerdo – se excusó Rodrigo.

Después de conocer los detalles de la misión que estaba haciendo, el preceptor le brindó toda la ayuda que pudiera proporcionarle. Le quedaban todavía tres encomiendas por visitar y para llegar a ellas, si no se era de aquellas tierras, podía resultar complicado saber llegar a su destino.

Él tenía que ir hasta la encomienda de San Fiz de Ermo, había estado retrasando esta visita varias semanas, pero ya no podía demorarlo más tiempo, por lo que iría con él y de esa forma se harían mutua compañía.

—Además, el preceptor Alfonso es un poco duro de mollera y muy desconfiado, seguro que si no vas con alguien que él conozca, no va a acceder a nada de lo que le puedas proponer.

—Pues para mí será un honor contar con tu compañía, pero, ¿que vas a hacer con la encomienda, a quién dejarás a cargo de ella? —preguntó Rodrigo.

—No te preocupes, cada vez le estoy dejando más tiempo en ella a mi hijo, yo ya soy mayor y dentro de poco, será él quién se haga cargo de todo.

Esa noche, Rodrigo cenó en compañía de la mujer del preceptor y de sus hijos. Le obsequiaron con todo tipo de productos del mar. Además de los cangrejos que ya conocía, le sirvieron unas conchas carnosas que llamaban vieiras y que él había visto prendidas en las esclavinas de algunos peregrinos cuando regresaban a sus casas. También le cocinaron unas conchas algo más pequeñas. Todo lo que comió le supo muy agradable aunque la visión inicial de estos moluscos no invitaba mucho a su consumo.

A la mañana siguiente se pusieron los dos en camino. Tenían cuatro jornadas por delante y para Rodrigo, después de tantos días cabalgando solo, aquellas jornadas le iban a resultar muy entretenidas además de seguras. Ahora debían introducirse de nuevo por caminos interiores. en éstos resultaba muy fácil perderse si no se tenía la oportunidad de encontrarse con labradores que le indicaran cuál de los muchos senderos que surgían cada poco tiempo era el que el debía seguir.

—¿Éste es el caballo que tu padre trajo de Oriente? —preguntó Carlos.

—No, éste es un descendiente de aquél. El otro lo suelo utilizar a diario, pero ya es viejo y para un viaje tan largo he preferido traer a uno más joven pero que lleva la misma sangre.

—Es un hermoso ejemplar —dijo el preceptor.

—Sí, toda la descendencia ha salido magnifica. Ha sido una de las obsesiones de mi padre: conseguir una yeguada de la que sentirse muy orgulloso.

—Siempre está hablando de sus caballos y cuando los enseña le suelen decir que se había quedado corto en los  elogios de sus comentarios.

El preceptor se fue interesando por las noticias contradictorias que en ocasiones llegaban a aquellos lugares tan apartados del Reino sobre la situación en la que se encontraba la Orden.

Rodrigo le fue poniendo al corriente de las cosas que él conocía y eran del dominio público, sobre todo le habló de lo importante que era lo que estaban haciendo ya que debían a toda costa salvar los bienes de la Orden, pues sería lo primero que sus enemigos buscarían en el momento que consiguieran dominarles. Por eso su maestre había dado prioridad a poner estos bienes a buen recaudo para cuando fueran necesarios y de sobre manera para que sus enemigos no se adueñaran de ellos y adquirieran el poder que el dinero podía proporcionarles.