—Mi nombre es Rodrigo. Por lo que observo, ya le han puesto al corriente de mi llegada y de la misión que traigo.

—Si, recibí instrucciones del preceptor de Amoeiro y hace dos días que me llegó el mensaje de Pedro, aunque este era bastante escueto.

Rodrigo le puso al corriente de las órdenes que traía y le entregó el último documento que llevaba firmado por el maestre para los preceptores que estaba visitando.

—Cuando el amigo de la encomienda de Amoeiro me habló de su visita, me quedé intrigado por tratar de imaginarme qué sería lo que iba a proponerme, siéndole sincero, nunca pensé que se trataría de esto que me está diciendo, pero me parece una medida lógica y muy prudente.

Ahora va a comer conmigo y esta tarde, mientras descansa, prepararé todo y buscare el mejor lugar para que lo ocultemos.

Aunque Rodrigo descartó el descanso, cuando después de comer se tumbó un rato en la cama, se quedó dormido. Más que por el cansancio que tenía acumulado en su cuerpo, era por la satisfacción del deber cumplido.

Se levantó tres horas más tarde y Gonzalo estaba esperándole para mostrarle dónde había almacenado el oro y la plata que había en la encomienda; también le mostró cuatro lugares en los que podían ocultarlo.

En lugar de quemar el documento que llevaba firmado por el maestre, lo dobló guardándolo en el interior del cofre de madera como había hecho con los demás. Decidieron ocultarlo todo en uno de los lugares que por su sencillez pasaría muy desapercibido. Cuando la oscuridad comenzó a hacerse ostensible introdujeron el cofre y taparon el escondite con unas maderas que clavaron con fuerza.

Esa noche, después de la cena, Rodrigo mantuvo con Gonzalo una tertulia prolongada en la que se excedió un poco más que de costumbre tomando varios vasos de aguardiente que enseguida le marearon, aunque no le importó, pues ahora se sentía muy relajado por haber finalizado su misión, solo le quedaba informar a Bernard de las ubicaciones que habían elegido en cada una de las encomiendas para que él realizara el informe que debía entregar al maestre.

Rodrigo tenía ahora por delante media docena de jornadas para regresar de nuevo a su casa. Se había pasado fuera más de dos meses y esperaba terminar dos semanas antes de lo previsto.

Debió descender por algunos montes en los que los desniveles eran muy acusados, temió en varias ocasiones por su integridad y la de la montura sobre la que cabalgaba, porque en ocasiones las piedras sueltas hacían que descendieran sin control varios metros con el peligro que eso representaba para la integridad de los dos.

Cuando por fin llegó a la comarca del Bierzo, se sintió muy aliviado y seguro, solo deseaba no tener ningún contratiempo para entregarle el informe que Bernard estaría esperando, aunque lo más seguro era que él todavía no hubiera terminado pues tenía que hacer cuatro visitas más de las que a él le habían asignado.

Cuando pasó por Ponferrada, decidió acercarse a la fortaleza para comunicarle a su señor que la parte de la misión que él tenía que hacer se había completado de forma satisfactoria, pero Roberto no se encontraba en la fortaleza, así pues fue a Ordoño  a quien se lo comunicó. Éste se interesó por el resultado de las gestiones que había realizado.

—Todas se encuentran como el maestre deseaba, ya se han puesto a salvo los bienes de cada encomienda —dijo Rodrigo —puedes comunicárselo al maestre. Ahora me iré a León a reunirme con Bernard y darle la información que llevo de cada lugar.

Rodrigo continuó su viaje y dos días después estaba en su finca abrazando a los seres queridos.

—¿Todo ha ido bien? —preguntó Sancho.

—Todo se ha hecho según estaba planificado —respondió Rodrigo. —¿No ha llegado todavía Bernard?

—No sabemos nada de él desde que partisteis, os estábamos esperando a los dos y supongo que él también estará a punto de llegar —dijo Sancho.

—¿Qué tal ha ido la cosecha? —preguntó Rodrigo.

—De trigo hemos cogido una cosecha mayor que la del año pasado y el centeno ha sido parecido; pero la cosecha de cebada ha resultado bastante menor que lo que esperábamos, la helada que cayó cuando estaba comenzando a nacer se ha notado bastante.

Rodrigo abrazó a sus hijos y se fue con ellos hasta donde se encontraba su caballo, allí buscó entre las alforjas unas bonitas conchas que había recogido en las playas por las que estuvo en Galicia y se las dio.

Fin del capítulo XXXII