Al segundo día, cuando se encontraba cenando, vio como el posadero hablaba con una persona que acababa de entrar en el establecimiento y los dos miraban hacía la mesa en la que él se encontraba.

-Me han dicho que quería hablar conmigo, soy Juan, el preceptor de la encomienda.

Bernard le invitó a que le acompañara en la cena mientras le iba exponiendo el motivo por el que necesitaba hablar con él.

Juan se disculpó por no haber estado cuando él llegó,  quedó con Bernard en tener a la mañana siguiente todo preparado para que comprobara las cuentas de la encomienda y cuando él llegara, ya le habría buscado varios lugares para que Bernard eligiera el que le parecía más apropiado para ocultar lo que deseaban que nadie más que ellos supiera dónde estaba.

A media mañana ya tenía resuelto lo que había venido a hacer y se puso de nuevo en camino. Pasaría la noche en alguno de los pueblos por los que pasara y al día siguiente esperaba llegar a Alcañices donde se encontraba la siguiente encomienda.

El terreno estaba cambiando, las llanuras habían dado paso a suaves oscilaciones del suelo que hacían que fuera percibiendo el cambio que se estaba produciendo de comarca. Los terrenos no eran tan aptos para el cultivo de cereales y en esta zona las explotaciones de ganado era en lo que más se ocupaban las gentes que las habitaban.

Llegó ya tarde al pueblo de Alcañices y, como habitualmente estaba haciendo, fue a buscar acomodo para él y para su montura; luego, antes de acostarse para descansar, cenó para recuperar las energías que había ido dejando a lo largo del día.

En esta ocasión no fue ninguna excepción, también Tomás el preceptor estaba al corriente de la llegada de Bernard y cuando conoció con detalle lo que había venido a hacer, se mostró dispuesto a colaborar en todo lo que el representante de la Orden le dijera y puso a su disposición todos los medios para que su misión allí se cumpliera también sin ningún contratiempo.

La siguiente encomienda se encontraba en el pueblo de Carbajales de Alba. Tuvo que sortear en más de una ocasión el cauce del río Aliste para llegar hasta el pueblo y a media tarde ya se encontraba en la localidad.

Como todavía era pronto y quedaban varias horas para la cena, se dirigió a la encomienda para reunirse con Calixto. El preceptor era una persona muy dicharachera y  cuando conoció que la intención  de Bernard era ir a cenar a la taberna, como si le hubieran ofendido exclamó:

-¡De ninguna manera, usted cena aquí, faltaría más!

-Se lo agradezco – dijo Bernard – es que no deseaba molestar.

-Cómo va a molestar usted, me molestaría si no se quedara y además, sería un desprecio para mí – dijo Calixto sin dejar lugar a ninguna réplica.

Cenaron unos cangrejos que estaban recién pescados en el río próximo, Bernard, llevaba bastantes días comiendo carne de cerdo y aquel cambio en su alimentación le resultó muy agradable.

-Pues al alba tengo todo preparado para que usted lo compruebe y le dé el visto bueno – sugirió Calixto.

-Aquí estaré a esa hora. Es importante que, viendo el volumen de lo que vamos a esconder, busque varios sitios en los que podamos ocultarlo y entre los dos decidamos cuál es el más adecuado.

-Estará todo como usted dice – aseguró Calixto.