Brindaron por la Orden y por el éxito de la misión que Bernard estaba realizando; así pasaron una velada muy agradable.

-Tenía que haberse quedado a dormir aquí en lugar de ir a la posada – dijo Calixto.

-Bueno, me gusta la intimidad y tampoco quiero molestar, pues a veces llego a una encomienda que se encuentra con mucho trabajo.

-Ahora tenemos poco – dijo Calixto – todos se encuentran en las tierras recogiendo las cosechas. Por cierto, ¿mañana hasta donde tiene previsto ir?

-La siguiente encomienda que he de visitar es la de Zamora – dijo Bernard.

-Me lo imaginaba, pues le acompañaré, tengo que ir unos días a la ciudad y así aprovecho y me hace compañía en el viaje – dijo Calixto.

-Estaré encantado – comentó Bernard.

-Pues después de ocultar lo que hemos de esconder, desayunaremos y saldremos hacia la ciudad para llegar por la tarde.

Como Calixto le había asegurado, cuando Bernard llegó a la encomienda ya tenía todo dispuesto: dinero, libros, recibos,…para que Bernard lo comprobara.

También tenía un arcón de madera con refuerzos de hierro donde guardarían en su interior todos los bienes que allí había.

Cuando terminaron de desayunar ya se encontraban las cabalgaduras ensilladas y se dispusieron a salir en dirección a la ciudad.

Calixto le llevó por un lugar poco conocido por el cual, dando un rodeo, se encontraba un sitio en el que el río se estrechaba, allí había un puente de madera por el que cruzaron uno de los muchos brazos de agua que tenía el río en aquella zona, ya en la otra orilla retomaron el camino que les conducía a la ciudad.

Caminaron por un sendero amplio por el que podían ir el uno al lado del otro. El preceptor no tenía muchas visitas de personas tan relevantes por lo que estaba deseoso por entablar una conversación que le pusiera al corriente de todas las novedades que estaba seguro que Bernard conocería; pero éste le contestaba en muchas ocasiones con monosílabos, sobre todo cuando lo que le demandaba el preceptor era esa información que solo disponían unos pocos privilegiados, por lo que no le quedó más remedio que cambiar de tema de conversación.

-¿Conoce usted la ciudad de Zamora? – le preguntó.

-No – dijo Bernard – nunca he estado en esta parte del Reino.

-Pues no puede marcharse sin visitarla, está en una peña sobre el río Duero y sus murallas son inexpugnables – aseguró Calixto.

-Quizá me pase uno o dos días visitándola y así descanso un poco.

-Pues me ofrezco para ser su anfitrión y enseñársela, yo la conozco muy bien, le llevaré a las mejores tabernas en las que preparan unos excelentes asados y sirven un vino que se sube pronto a la cabeza.

-No lo tengo decidido todavía, depende del tiempo que me lleve solucionar las cosas de la encomienda – dijo Bernard.

-Por la encomienda no tiene que preocuparse, según me ha dicho, ya conoce a Simón, su preceptor, es una buena persona que le ayudará en todo lo que necesite.

-Conocí a Simón en Ponferrada, fue el maestre quien nos presentó en la fortaleza de la Orden.

-Pues ya sabe que es una persona con la que se va a entender enseguida.